Título: Grandezas y limitaciones de las
Evaluaciones de Impacto Ambiental.
Autor: Guillermo Bengoa,
Fecha: 2009
En los
últimos tiempos, cada vez que aparece un proyecto de cualquier tipo, y que por
sus características posiblemente sea conflictivo para el ambiente, los medios de
comunicación, la opinión pública y la gente en general piden que se haga una
Evaluación de Impacto Ambiental (que de aquí en adelante llamaremos por sus
siglas habituales EIA).
Vemos así
que se les solicita una EIA a distintas escalas de proyectos, desde hoteles a
fábricas, desde represas a hipermercados, desde apertura de calles a
escolleras. Este criterio ha sido reconocido por la legislación, y –a pesar de
la carencia en Argentina de una ley nacional de EIA- numerosas leyes
sectoriales nacionales y provinciales reconocen esa necesidad. Por poner un
solo ejemplo, la
Ley General del Ambiente de la provincia de
Buenos Aires, que en su artículo 5 inciso b dice “Todo emprendimiento que implique
acciones u obras que sean susceptibles de producir efectos negativos sobre el
ambiente y/o sus elementos debe contar con una evaluación de impacto ambiental
previa.”
Qué es una Evaluación de Impacto Ambiental.
En otra nota
veremos la importancia de la participación social en cada una de estas etapas,
pero por ahora podemos sintetizar una buena EIA en estos pasos: 1) descripción
del proyecto (acciones que podrían causar impactos); 2) análisis del medio
(factores físicos, biológicos, sociales); 3) construcción de una matriz que detecte
los impactos 4) descripción detallada de los impactos y sus consecuentes
medidas de mitigación y por último 5) plan de monitoreo y de gestión ambiental
Ventajas de una EIA.
Es cierto
que las EIA han significado un enorme avance. Por un lado, como método
científico para determinar impactos sobre el ambiente de los proyectos que hace
el hombre, profesionales de distintas ramas han perfeccionado las metodologías
de prospección y monitoreo de los miles de factores del medio que pueden ser
alterados.
Por otro
lado, y posiblemente más importante, se han legitimado como una herramienta
indispensable, previa a la aprobación de cualquier proyecto. Hoy no hay ente
financiero en el mundo que preste dinero a un emprendimiento sin una buena EIA
realizada por profesionales idóneos, y prácticamente las legislaciones de todos
los niveles contemplan la obligatoriedad de hacerla.
Sin embargo,
no son la panacea a todos los males del ambiente. Hay una serie de limitaciones
importantes, que será preciso ir superando si queremos construir un ambiente
más sano y permanente y mejorar nuestra calidad de vida. Veámosla en el punto
siguiente.
Limitaciones de una EIA.
Cada EIA es
específica para un tiempo, lugar y proyecto, por lo tanto sus conclusiones
difícilmente sean extrapolables a otras
situaciones, aunque éstas a veces nos parezcan similares.
A pesar de
lo que frecuentemente plantean los medios de comunicación, una EIA en general
no plantea la nulidad del proyecto, solamente identifica y valora los impactos
positivos y negativos y las posibles medidas de mitigación. Esto significa que la
decisión final de llevar a cabo un proyecto no depende de la EIA , sino de la ponderación de
todos los factores políticos, económicos, sociales y ambientales por parte del
poder político.
Una EIA no
es “ecología profunda”, no va a cambiar conceptos profundos sobre la vida del
hombre en el planeta, más bien, legitima el actual sistema de explotación de la Tierra , si bien atenúa
algunas de sus consecuencias.
Una EIA, aun
cuando incorpore en su desarrollo la participación social, no resuelve
conflictos entre partes involucradas. Lo más que puede hacer en ese aspecto es
transformarse en un insumo para que, mediante otros instrumentos (como las
audiencias públicas) se alcancen consensos.
Una EIA no soluciona
problemas de diseño del proyecto, a lo sumo, los detecta tempranamente.
Una EIA no
resuelve problemas de calidad de la gestión urbana, solo puede contribuir a
proponer medidas parciales y sectoriales de gestión ambiental para un proyecto
específico.
Y las dos limitaciones
a nuestro parecer más importantes: Una EIA no da soluciones globales, ya que se
analiza siempre un proyecto y éste
es, por definición, acotado. Los impactos de un proyecto pueden ser mínimos,
pero: ¿que pasa cuando luego aparece otro proyecto con impactos mínimos, y al
lado, otro proyecto también con impactos mínimos, y así sucesivamente, en una
sumatoria de impactos mínimos, ninguno de los cuales es definitorio (a veces,
ni siquiera es medible) pero cuya suma (muchas veces sinérgica) destruye el ambiente?
Y la segunda
limitación importante: ¿Qué pasa cuando la EIA propone una serie de medidas de mitigación o
planes de monitoreo, a cumplir a lo largo del tiempo, y luego no hay un Estado
(municipal, provincial o nacional) que verifique que esas medidas se cumplan?
Para ambos
problemas estructurales, hay respuestas posibles, que describiremos en
sucesivos artículos. Por ahora, sigamos exigiendo al menos que todo proyecto de
regular envergadura tenga una exhaustiva EIA, que es el primer paso hacia un
monitoreo permanente de las condiciones ambientales de nuestro entorno
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