viernes, 2 de enero de 2015

2014-Romance tempestuoso: el padre y la madre del Diseño Sustentable.



Título: Romance tempestuoso: el padre y la madre del Diseño Sustentable.
Autor: Guillermo Bengoa     gbengoa@mdp.edu.ar
Fecha: 18 al 21 de Noviembre de 2014, Cuenca - Ecuador.
Evento: TERCER ENCUENTRO NACIONAL DE DISEÑO: DISEÑAR HOY


Síntesis 500 palabras:
Romance tempestuoso: el padre y la madre del Diseño Sustentable.
El Diseño Sustentable, al igual que el romance entre Romeo y Julieta, nace de dos familias con propósitos radicalmente distintos: la familia economicista-consumista se empezó a preocupar por la sustentabilidad – y dentro de ella, por el diseño sustentable- cuando se dio cuenta de que vivimos en un mundo cerrado en cuestión de materia, que no podíamos seguir consumiendo materia y energía al ritmo actual y que además, ser “ecológico” ahorra plata y queda bien. La otra familia, humanista-ecologista, viene proclamando que el actual sistema de producción y consumo es injusto, excluye a ¾ partes de la población del planeta, consume los recursos de la generaciones futuras y deja al mundo más feo y triste.

Se generan entonces una serie de preguntas: ¿Será posible un romance entre ambas familias, que se logre a través del diseño sustentable? ¿Podremos evita la tragedia con que termina Shakespeare si hablamos a tiempo entre ambas tradiciones? ¿Cómo se puede pensar desde las disciplinas proyectuales en un diseño distinto? ¿Cómo se mantiene una visión ética de la sociedad si estamos enseñando y aprendiendo a diseñar objetos que consumen ingentes recursos naturales y energía y son para una elite?

Para responder algunas de esas preguntas, primero revisamos los antecedentes de ambas familias (desde el Club de Roma y el informe Brudtland por un lado a Schumacher, Papanek y la Escuela de Ulm por el otro).

Luego el artículo intenta buscar algunas de las pautas posibles de este tipo de diseño, describir brevemente ciertas herramientas para lograrlo y contar experiencias de distinto tipo, escala y rigor que permiten vislumbrar un camino: una bicicleta que reemplaza el hierro por el bambú, una colección de ropa para bebés con algodón ecológico y bajo normas de comercio justo, un experimento social contra el SIDA en África, distintas soluciones para la  población rural en Argentina, el diseño de ropa con cero desperdicio y otras visiones posibles.

Terminamos respaldándonos en el poeta y ensayista español Jorge Riechmann, quien  escribió hace dos décadas: “me parece esencial subrayar que la sustentabilidad no puede entenderse en ningún caso como un principio puramente técnico, sino como un principio ético-normativo, que incluye características necesarias junto a otras que son deseables, y por tanto no puede construirse según una versión única; es un proceso más que un estado, de forma que no es obtenido de una vez y para siempre” 




Artículo completo:

Romance tempestuoso: el padre y la madre del Diseño Sustentable.

Hace más de cuatrocientos años, William Shakespeare inmortalizó con “Romeo y Julieta” la trágica historia de dos jóvenes enamorados que, a pesar de la oposición de sus familias, enemigas mortales, deciden casarse de forma clandestina. Pero la fuerza de esa rivalidad y la mala suerte conducen, hacia el final, a la muerte de ambos amantes. El genial inglés le da forma de arquetipo a esta historia de amores  imposibles, que parece que se repite desde el fondo de los tiempos.

Cuando hace más  de 30 años  se empezó a trabajar en el concepto de ecodiseño, la mayoría de los investigadores y diseñadores que comenzaron a impulsar ese concepto llegaban a él desde una vertiente ideológica o incluso moral: la convicción de que este modo consumista y agresivo de producir nos llevaría a la catástrofe y que se necesitaba un cambio social y económico profundo para garantizar  no sólo la supervivencia del hombre sobre la Tierra sino un mundo más justo para todos. Era  antes de 1989 y el Muro de Berlín no había caído. La existencia de un contrapeso al sistema capitalista alimentaba las esperanzas de que en algún hueco entre ambos imperios se pudiera construir una opción diferente.

Por otro lado y en esa misma época, economistas tradicionales, desde las fuentes del poder, comenzaron a realizar proyecciones matemáticas de crecimiento de la demanda de materiales y energía y a confrontarlo con las existencias conocidas de ambas cosas. El resultado fue un alerta temprano: si seguimos consumiendo así, en pocos años se acaban los materiales. No había en esta alarma connotaciones éticas, era simplemente una constatación econométrica: algo tiene que cambiar para seguir con esta opulencia, tratemos de optimizar los modos de producción y que no se les ocurra a los países en vías de desarrollo intentar alcanza nuestros niveles de consumo, escribían alarmados los expertos del Primer Mundo.

Aunque en esos momentos no lo sabíamos, al igual que Romeo y Julieta, dos bandos tal vez imposibles de reconciliar intentaban amarse a través del Diseño: la familia capitalista-consumista (pero no ciega) y la familia humanista-ecologista (pero no hippie). Veamos los antecedentes de ambas estirpes.

La familia pecuniaria: antecedentes desde la economía.

Sin necesidad de remontarnos a anteriores corrientes filosóficas y económicas, como los fisiócratas del siglo XVIII, que atribuían toda posibilidad de enriquecimiento a la naturaleza, a mediados del siglo XX comienza a crecer una vertiente que desde la economía proclama que los recursos de la tierra no son infinitos y que nuestro método de producción iba a agotar en poco tiempo los recursos naturales. 

La cara más visible de ese fenómeno intelectual fue la publicación en el año 1972  de “Los límites del crecimiento”, informe elaborado por el Club de Roma, un grupo de científicos, empresarios y políticos del primer mundo, en el que se alertaba de manera catastrófica sobre el agotamiento de los recursos naturales si seguíamos consumiéndolos a ese ritmo. Según este informe, al día de hoy, 2014, deberíamos haber  agotado las reservas en 12 de los 19 elementos analizados: aluminio, cobre, estaño, gas natural, mercurio, molibdeno, oro, petróleo, plata, plomo, tungsteno y zinc.[1] Esa parte de “los límites del crecimiento” no se cumplió.

Desgraciadamente, en lo que hace al crecimiento de la producción y oferta de productos para satisfacer necesidades creadas falsamente, tuvo razón el Club de Roma, y si los límites del crecimiento no se alcanzaron según lo predijo ese informe, se debió al uso de innovadoras tecnologías para la extracción, al descubrimiento de nuevos yacimientos y al reemplazo de viejos materiales por otros, como el cobre por la fibra óptica y el mercurio por sensores electrónicos en aparatos de medición; y no a una contención en el consumo o en una tendencia a la sobriedad.

La señal de alerta desde la economía y el consumismo ya se había prendido. Aún para aquellas  empresas auspiciantes del Club de Roma, empezaba a ser obvio que existían límites materiales a seguir consumiendo. Pero como no estaban dispuestos a cambiar el modelo, proponían una contención del mismo, que debían hacer los países que aún no se habían desarrollado. Queda definida así la familia economista-consumista: hay problemas, se acaban los materiales, pero que se contengan otros.

El paso siguiente lo dió el informe de las Naciones Unidas  “Nuestro futuro común”[2] que plantea explícitamente el concepto de desarrollo sustentable. Y conforme con él, aparecen diseñadores, escuelas y métodos de análisis que tratan de minimizar el impacto de la creciente producción de objetos que siguen fabricando las factorías de todo el planeta (ahora radicadas en el Sur, aunque sus productos se vendan en el Norte). ¿Y quien dará forma entonces a la creciente cantidad de objetos que las industrias siguen fabricando, que ahora deberán ser más “respetuosos hacia el ambiente”? Empieza a cobrar fuerza el concepto de Ecodiseño y poco después, el de Diseño Sustentable.

La familia naturalista: antecedentes desde la ideología.

Desde el lado de la ideología, o más profundo tal vez, desde una visión distinta de la sociedad, también se venía gestando un pensamiento que cuestionaba el modelo consumista, pero no solamente porque acabaran los materiales, sino porque veían la profunda inmoralidad de un sistema de producción y reparto que dejaba a gran parte de la humanidad con menos de las 2000 calorías diarias para sobrevivir corporalmente, mientras en el vértice del consumo, cada persona de los países ricos gastaba a diario quinientas veces esa cifra[3]. Autores como Frederich Schumacher con su idea de “lo pequeño es hermoso” o Iván Illich con la crítica al consumo suntuario y a la ganancia como único objetivos en temas tales como la salud, venían dando aliento a un pensamiento alternativo al gigantismo del sistema.

Eran momentos difíciles. En particular, nuestros países latinoamericanos nos debatíamos entre la salida de las cruentas dictaduras de la década del 70 y la enorme herencia de la deuda externa que éstas dejaban, sumergidos por entonces en una caída constante de los precios de las materias primas que un economista encumbrado[4] había bautizado “deterioro de los términos del intercambio”: cada vez necesitábamos más materias primas de las que producíamos para conseguir menos productos elaborados en el primer mundo. Nada hacía pensar todavía en la irrupción de China en el mercado mundial y en la suba de los precios de las materias primas, ahora llamadas “comoditties” que han permitido períodos de crecimiento económico en Chile (cobre, litio), Ecuador (petróleo, bananas), Argentina, Brasil y Paraguay (soja) Bolivia (gas, zinc, plata)

¿Cómo se podía pensar desde las disciplinas proyectuales en un diseño distinto? ¿Cómo se mantenía una visión ética de la sociedad si estábamos enseñando y aprendiendo a diseñar objetos que consumían ingentes recursos naturales y energía y eran para una elite? Había otro problema adicional: una experiencia alternativa al diseño capitalista que se había intentado en Chile entre 1970 y 1973, por un equipo entre los que estaba Gui Bonsiepe, proveniente de la Escuela de Ulm,  había terminado violentamente aniquilada por la dictadura de Pinochet.

En la década del 80, entonces, los que pensábamos en el ecodiseño veíamos su necesidad como una consecuencia lógica de un término que, inventado al parecer por un funcionario del PNUMA[5], Maurice Strong y formulado más científicamente por el economista polaco-francés Ignacy Sachs, empezaba a crecer en la consideración de ciertas comunidades: el ecodesarrollo: “Un estilo o modelo para el desarrollo de cada ecosistema, que además de los aspectos económicos que toma en cuenta el desarrollo, considera de manera particular los datos económicos y culturales del propio ecosistema para optimizar un aprovechamiento, evitando la degradación del medio ambiente y las acciones depredadoras”[6]. Sin ser revolucionaria, esta definición hacía un cierto hincapié en soluciones posibles desde cada cultura y ecosistema, lo  nos permitía albergar una idea de que podíamos encontrar salidas apropiadas para nuestros problemas desde nuestros países.

Empezábamos a vislumbrar que podía haber un manejo de la disciplina proyectual que apuntara a satisfacer necesidades reales de la población, respetando también pautas de disminuir el impacto ambiental de su fabricación, uso y destino final. Pero no sabíamos bien en qué se diferenciaba esa idea de la noción consumista de bajar los costos reduciendo materiales, o de fabricar productos sólo un poco menos agresivos para el ambiente, pero con un aspecto “ecológico”

El primer encuentro: nace una pasión.

Estaban las reglas planteadas: desde el lado de la economía, el desarrollo sustentable, plenamente capitalista, reemplazaba en los `90 al ecodesarrollo, que tenía aún ciertas resonancias  tercermundistas. El desarrollo sustentable se planteaba en la intersección de tres esferas: la económica, la social, la natural. Empieza allí una corrida del adjetivo sustentable hacia todos los sustantivos del Planeta: arquitectura sustentable, deporte sustentable, maquillaje sustentable y, por supuesto, diseño sustentable. No fue una mera transformación terminológica: fue la apropiación por el sistema de un reclamo por la destrucción de la naturaleza que se venía dando desde mucho lugares distintos.

En el campo del Diseño la evolución de los términos y conceptos fue distinta: el término “ecodiseño”, que en principio aludía solamente a un diseño que consumiera menos materia y energía y cuya herramienta principal era el Análisis de Ciclo de Vida, fue siendo lentamente desplazado por el de “diseño sustentable” que agrega, en los casos más completos, consideraciones de sustentabilidad en los tres campos: social, económico, ecológico.

Desde el lado más extremo de la familia ecologista vieron en este nombre simplemente lo que en inglés llamaron “green washing”, es decir, pintar de verde los mismos objetivos consumistas de siempre.  Asi como desde el lado más duro de la familia consumista vieron el diseño sustentable simplemente como una manera de bajar los costos de algunos insumos y sobre todo de la energía en el proceso productivo, que es cada vez más cara.

En el medio, buscando el romance, otros plantearon que había allí un pequeño resquicio para seguir trabajando en las disciplinas proyectuales desde un paradigma distinto, en construcción. Las familias estaban enfrentadas, saldría algo bueno de esto?

Empezando el siglo XXI.

Hoy estamos exactamente en esa encrucijada. A diferencia de unos pocos años atrás, existen una serie de herramientas que nos permiten acercarnos al impacto ambiental que producen los productos que diseñamos.

Lo que hace poco tiempo atrás intentábamos estimar manualmente hoy  lo hace programas de computación como Eco-it (diseñado por un grupo holandés y con una versión en español y gratuita que suministra el IHOBE, institución del Gobierno Vasco), la Rueda Estratégica (aprobada por el PNUMA) el índice de Higgs  y la Tabla Nike (creados por  Sustainable Apparel Coalition, una unión de empresas de fabricación de ropa) Umberto (del Ifeu-Institut, Alemania), Ecodesign Pilot (de origen vienés) o SIMA Pro (de Pre consultants, holandés)

Programas que son todos interesantes conceptualmente, basándose la mayoría de ellos en un análisis muy detallado del ciclo de vida del producto, lo que les permite saber en qué fase (producción de materias primas, producción del objeto, distribución, consumo, disposición final) ocurren los mayores impactos. Pero todos esos programas tienen también serios problemas operativos, sobre todo para nuestros países, que suelen carecer de bases de datos fidedignas, por lo cual se hace difícil elegir entre opciones de materialidad de las que se desconocen los impactos reales.

Otro problema que aparece es en qué unidad se miden los impactos ambientales. La mayoría de los programas apuestan a un índice multidimensional, creado por la adición de indicadores específicos: por ejemplo, la tabla Nike de impacto de los materiales[7] se basa en cuatro índices: contaminación química, energía (CO2 equivalente), uso de Agua/ Suelo y Residuos. A su vez cada uno de esos índices está compuesto por una serie de indicadores (por ejemplo, el índice de contaminación química está compuesto de cuatro indicadores: carcinogénico, peligro agudo, peligro crónico y disruptor endocrino o teratogénico). La mayoría hace mucho hincapié en la huella de carbono, tal vez por ser un indicador relativamente sencillo de calcular (o porque en un momento pareció ser un negocio importante, debido a los bonos de carbono que iba a poner en marcha el protocolo de Kyoto y que fracasaron)

Independientemente de esos problemas, no deja de ser un avance la posibilidad de cuantificar esos impactos, y es imprescindible que desde el lado de la familia naturalista sepamos manejar esos programas. Sea cual sea nuestra postura, tenemos que hacerla operativa y para eso poder comparar impactos de distintas opciones es vital. Victor Margolin, un brillante teórico norteamericano, escribió en el año 2002: “El desafío de crear un mundo sustentable ha pasado del reino del idealismo  al de la necesidad. La comprensión de la sustentabilidad es un valor esencial, que provendrá de una toma de conciencia en el campo del diseño, similar a la que muchos grupos sociales han experimentado desde mediados de los años sesenta”[8]

Responsabilidad del diseñador.

Como decíamos, desde distintas vertientes del Diseño, se venía ya pensando en los problemas ambientales, si bien no se los llamaba con ese nombre.

Uno de esos antecedentes es la Escuela de Ulm, que vivió una corta y fecunda carrera de sólo 15 años a partir de 1953. Fundada por Inge Scholl, Otl Aicher y Max Bill, tenía como objetivo la formación de diseñadores en las áreas de comunicación visual, diseño industrial, construcción, información y medios audiovisuales. Sus fundadores veían la propuesta como un medio para reforzar las ideas democráticas y promover la emergencia de una nueva cultura, en una Alemania destruida tras la Segunda Guerra Mundial. Dentro de los objetivos de su programa educativo estaba despertar una actitud consciente y reflexiva sobre las consecuencias culturales y sociológicas del diseño, objetivo que se entronca con la mejor tradición del diseño sustentable actual. Una de sus preocupaciones era no pensar sólo en el mejoramiento del producto final, sino en el servicio real que se requería, una pauta usada por el diseño sustentable.

Por otra parte, en muchas de sus manifestaciones[9] se ve que la HfG estaba siempre  en un inestable equilibrio entre una crítica extrema del sistema capitalista y la inclusión de pautas racionales –un racionalismo humanista, de fines, no un racionalismo solamente instrumental, de medios- que pudiera aportar el diseño a la sociedad. Justamente, la respuesta que encontraron para elaborar ese equilibrio fue la búsqueda de una extrema y amplia concepción de racionalidad. No alcanzó, sin embargo, para evitar las contradicciones que llevaron a su cierre, ni siquiera a pesar del éxito de la “buena forma”: “Es evidente que la gute form, acto de disenso según Max Bill, se hace acto de consenso transformándose en estilo Braun. El neocapitalismo alemán ha actuado en este caso con refinada astucia: ha cooptado la gute form. Sería exagerado e incluso injusto afirmar que el estilo braun, llamado también abusivamente estilo Ulm, sea un styling del neocapitalismo alemán. Pero una cosa es indudable: pone de manifiesto los limites reales del disenso de la gute form[10].

Un poco después, en 1964, un diseñador gráfico inglés publica, junto con otros 22 colegas, el manifiesto First Things First[11] (algo así como “lo primero va primero”) en donde hacen una protesta en contra del aparato publicitario para vender cualquier tipo de producto sin criterio alguno y que “contribuyen poco o nada a la prosperidad nacional”, y proponen centrar las prioridades en formas de comunicación más útiles y duraderas, como “señalización para las calles y edificios, libros y periódicos, catálogos, manuales de instrucciones, fotografía industrial, material educativo, películas, documentales televisivos, publicaciones científicas e industriales y todos los otros medios a través de los cuales podemos promover nuestro oficio, nuestra educación, nuestra cultura y nuestra conciencia del mundo”. Tuvo gran repercusión en una situación histórica en la cual la sociedad de consumo vivía un momento próspero, la actividad del diseñador se estaba afianzando profesionalmente y se abrían enormes oportunidades en publicidad, identidad corporativa, etc.

También importante, aunque tardíamente reconocido fue Victor Papanek, un diseñador de origen austríaco que planteó muy fuertemente la responsabilidad social del diseñador, con el argumento de que lo que hacen los diseñadores implica cambios en el mundo real. Hizo hincapié en que es necesario proyectar para los sectores más desposeídos, pero siempre con una mirada ecológica, que tenga en cuenta de donde vienen y adonde van los materiales. Una de sus frases más divulgadas y que muestra su lúcida acidez es “Hay profesiones más dañinas que el diseño industrial, pero sólo unas pocas. Y posiblemente sólo otra profesión es más falsa: el diseño publicitario que persuade a la gente de comprar cosas que no necesitan, con dinero que no tienen, con el fin de impresionar a otros a quienes no les interesa, es probablemente el campo más falso en existencia hoy día. El diseño industrial, al fabricar las llamativas idioteces pregonadas por los publicistas, entra con un cercano segundo puesto.” [12]

Una historia corta pero valiosa, de la cual hemos contado sólo algunos eslabones. Ahora bien, ¿Cómo se transforman esas inquietudes intelectuales, esa valoración ética del diseño, esa búsqueda de las reales necesidades de la gente, ese deseo de minimizar los impactos ambientales que producen los productos que diseñemos en mejoramientos concretos, en prácticas reales?

Sinceramente no lo sé. Pero tengo algunas certezas. Una de ellas es tenemos que armar equipos. No es sólo pensar a nivel teórico en la interdisciplina: es a nivel práctico entender los distintos lenguajes de las profesiones. Usar lo que sabe un ingeniero sobre layouts y organización de la producción. Usar lo que sabe un arquitecto de impactos urbanos. Lo que sabe un licenciado en gestión ambiental de los impactos sobre el medio natural y el funcionamiento de los ecosistemas. Sin esa labor conjunta, seguiremos pensando en términos de mejoramiento de productos y no de prestación de servicios y satisfacción de necesidades.

Otra certeza: Tenemos que insistir desde nuestro lugar de trabajo en que se considere siempre el ciclo de vida del objeto. Así como hoy día no sale al mercado ningún producto que no haya pasado numerosas pruebas de mercado, testeo con grupos focales, estudios publicitarios y análisis de costos, la crisis ambiental actual debería plantear que todo nuevo producto sea estrictamente analizado con alguna de las metodologías existentes que permiten evaluar su comportamiento ambiental. Herramientas que permiten calcular no sólo el costo de producción directo para la empresa, sino también las externalidades que pagan aquellos que no se benefician con su uso.

Esta revisión sistemática de todos los productos deberá barrer, entre otros aspectos: “selección de materiales de bajo impacto; reducción del uso de materiales en peso o en volumen; optimización de las técnicas de producción, de los sistemas de embalaje y distribución, de la vida útil y del fin de vida del sistema; reducción del impacto ambiental durante el uso del producto y desarrollo de conceptos como la desmaterialización, el uso compartido del producto, la integración de funciones y la optimización funcional”[13] . ¿Parece muy pragmático? Lo es, pero es necesario. Si no tratamos de atenuar la velocidad de este tren del consumo, el impacto que llegará tarde o temprano será más fuerte, y como siempre, sufrirán más los más desposeídos.

Tal vez todo esto suene difícil o lejano. Pero hay que empezar en algún momento, desde algún lado. Veamos algunos ejemplos que, sin ser perfectos, poseen algunas de las cualidades citadas.

Caso 1: Bicicleta de caña de bambú: materiales renovables

Las variantes tipológicas de la bicicleta están muy acotadas, al ser un invento que casi ha llegado a lo que en la evolución biológica se denomina “estasis”: un nivel de perfección y simpleza que no se puede superar. Sin embargo, si no se puede trabajar con innovaciones tipológicas, sí se puede trabajar con la materialidad para que este desarrollo sea sustentable, teniendo en cuenta que la mayoría de las bicicletas son de caño de hierro. 

Eso es lo que comenzó a hacer Nicolás Masuelli, un estudiante de ingeniería de Rosario, Argentina,  para su tesis. Desarrolló la bambucicleta,  que reemplaza los caños de hierro por cañas de bambú. Lo que parecía una búsqueda de originalidad se fue perfeccionando y en el año 2008 la bambucicleta es sometida a una serie de pruebas de esfuerzo en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), de las cuales sale airosa, mostrando en los test una perfomance igual  que las bicicletas de hierro.
Hoy se fabrica de manera industrializada, pero en series cortas. Dice Leonardo Pelegrin, uno de emprendedores que la hacen: “El desafío radica en que el método de armado es una extensa cadena de procesos que requieren un cuidado y una pericia artesanal, presentándose numerosas dificultades para lograr una sistematización que reduzca los tiempos y esfuerzos necesarios para poder ensamblar un cuadro. Hay infinidad de variables que complejizan enormemente el proceso con respecto a un cuadro metálico soldado, por lo que se hace difícil desglosar el proceso en subtareas simples y transferibles. Lo interesante, pero que a la vez le adiciona dificultad al desafío, es que estas tecnologías no están aun bien desarrolladas, por lo que no tenemos muchos puntos de referencia. En el mundo, los otros pocos que están construyendo bicicletas de bambú evidencian estar encontrándose con los mismos problemas técnicos.”[14]
Lo que hace a la sustentabilidad es que, a diferencia de la enorme huella ecológica del hierro como materia prima, se le contrapone la del bambú, que ya de inicio es un insumo renovable. Sigue diciendo Pelegrin: “lo que me convencía como diferencial a largo plazo era la cuestión ecológica, que tiene que ver con la altísima tasa de renovabilidad del bambú como materia prima. Es el árbol más rápido en crecer, tarda sólo dos o tres años en estar en su punto perfecto. Y aparte, como crecen muchos por metro cuadrado, los bosques de bambú absorben más dióxido de carbono que otras plantaciones. También me gustó lo de la flexibilidad. Y que no hace ruido porque no tiene metal, cosas que fuimos descubriendo después. Creo que en el futuro no lejano,  cuando se superen tabúes, estos diferenciales se van a ponderar cada vez más.”
Caso 2: Timo Rissanen, Sam Forno y el desperdicio cero.

En la manufactura de ropa se pierde un porcentaje –que oscila entre el 3 y el 7 %-  en los sectores de tela que no se utilizan. Este porcentaje ha disminuido con la aparición de programas de computación, desde hace unos años, que optimizan el uso de la tela, teniendo en cuenta el brillo, la necesidad o no de cortar al bies, etc. Sin embargo, en una moldería tradicional inevitablemente en cada tizada se pierden retazos.
Timo Rissanen es un diseñador que en EEUU viene desarrollando moldería con cero desperdicio. Experimentando con metodologías provenientes, entre otras cosas, de la técnica japonesa de origami, ha logrado hacer vestimenta de alta calidad con nulo desperdicio de tela. Sam Formo, que trabaja en el mismo sentido, dice:El patrón no-residuos (o molde sin desperdicios) se ha desarrollado con el fin de eliminar los residuos de corte que por lo general terminan en los vertederos. Rellenando los espacios negativos con el fin de utilizar toda la tela diseñada y compartiendo líneas de corte, una prenda emerge sin dejar atrás una pila de residuos”.[15]

Este ahorro de material, si se tiene en cuenta el concepto de ciclo de vida, es también ahorro de energía que se utiliza para producir la materia prima, e implica no solamente una especie de habilidad casi mágica de cortar una tela sin tener desperdicios, sino un pensamiento complejo que abarca todo el producto:Mediante la eliminación de residuos y la creación de diseños atemporales que disminuyen la necesidad de consumo, que a su vez ahorra la energía incorporada en la tela, disminuye la necesidad de transportar los residuos  hasta su eliminación en vertederos y en el extranjero a los corredores de ropa.”  También hay que incluir en esta complejidad cuestiones propias del saber del diseñador tradicional: Se buscan los tipos de tejidos aptos para este proyecto debido a la calidad y la incapacidad de deshilacharse, lo que significa que los bordes de corte no tienen que ser terminado (ahorrando así la energía extra que  necesitaría una máquina para ejecutarla). Todos y cada parte del patrón es utilizado y puesto en la prenda terminada, las piezas de rompecabezas como entrelazadas en la parte frontal se extraen a través de los ojales, creando el cierre de la chaqueta y también buscando convertirse en una característica de diseño único”

Caso 3: Chunchino, materias y packaging naturales, mano de obra digna.
Chunchino es una marca de prendas para bebés que empezó en el año 2008 con el primer embarazo de Ileana Lacabanne, su dueña. La idea inicial no estaba basada en el ecodiseño, sino en un emprendimiento que ayudara a un mundo mejor en el futuro. Poco a poco fue tomando pautas del diseño sustentable "Estudié materiales y así llegué al algodón orgánico y agroecológico, a los conceptos de ecodiseño y sustentabilidad"  Dice Ileana "Jamás había diseñado una prenda y no sabía nada de telas, pero cuando conocí las ventajas del algodón orgánico supe que era lo mejor para estar en contacto con la piel del bebe (en las primeras semanas es cinco veces más delgada que la de un adulto). Tiene una calidad superior por sobre el común, es mucho más suave, para su cultivo no se utilizan pesticidas ni químicos, y no se contamina el agua. Además es cómodo, hipoalergénico y regula la temperatura corporal"[16].
Además de los materiales, otro punto importante fue el diseño en sí: "Prendas básicas y atemporales, las más funcionales para estar con el bebe. Luego le agregué estampados simples, lo menos invasivos posibles, y como no quería usar cierres ni metal ni elástico, uso botones naturales de coco y amarras de tiras del mismo algodón."
Con la idea de construir un modelo de negocio sustentable, contactó a pequeños proveedores de materias primas de algodón orgánico y agroecológico de Chaco reunidos en el grupo Otro Mercado al Sur, y tercerizó el trabajo de confección con Mundo Alameda, un taller textil que garantiza trabajo digno y salario justo. También se pensó en el envoltorio: packaging 100% reciclable realizado por RedActivos. La línea tiene ropa, baberos, gorros, portachupetes, mantas, portabebes y bolsos porta enfant, que cuando se dejan de usar se vuelven colcha y morral.
Caso 4: desarrollo rural y pequeñas tecnologías.
Cuando se piensa en Diseño Industrial, suelen aparecer imágenes de objetos del consumo: electrodomésticos, aparatos de comunicación, indumentaria moderna. Sin embargo, los saberes del diseñador, la búsqueda de soluciones para problemas cotidianos que necesitan ingenio, ergonomía, aprovechamiento de la tecnología existente (todas condiciones del buen diseño industrial) pueden aplicarse a las dificultades de las comunidades agrarias de nuestros países. Un ejemplo de la cantidad de artilugios que pueden desarrollarse se muestran en el libro “Energías renovables para el desarrollo rural” publicado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Argentina,[17] donde se ven pequeños biodigestores familiares, mini-plantas de biodiesel, distintos tipos de calefactores y cocinas que optimizan el rendimiento de la leña, aerogeneradores  hogareños, cocinas y refrigeradores solares, etc.
Cada uno de estos artefactos demuestra pertenecer a la famosa intersección conceptual entre las tres esferas que aseguran la sustentabilidad: la social, la económica, la natural.
Hacen que mejore la calidad de vida de personas que se encuentran alejadas de las redes de infraestructura, haciendo sostenible la esfera social y ayudando a evitar que esa población emigre a las ciudades
Hacen que se ahorre energía en combustibles fósiles y permiten el desarrollo de industrias familiares –como secaderos o generadores eólicos de energía eléctrica- haciendo sostenible la esfera económica y evitando que el Estado tenga que subsidiar esa comuna.

Hacen que se contamine menos, se depuren aguas negras, y se evite la depredación de bosques para leña haciendo sostenible la esfera natural en su relación con la sociedad.

Incluso si se piensa solamente desde el punto de vista individualista, del Diseñador como creador que necesita ejercer su libertad artística – vertiente que nos viene desde algún sector de la Bauhaus y que seguimos cultivando en los talleres de diseño- este campo de investigación y diseño para la población rural es mucho más amplio, interesante y divertido que las restricciones de mercado que se le imponen al diseñador que trabaja para una gran empresa.

Caso 5: Proyecto Masiluleke:[18]

Los proyectos de diseño que solemos estudiar se empiezan a mostrar desde el producto terminado. Pero a veces lo más interesante está en el proceso, y mucho más si ese proceso empezó con un problema que parecía estar lejos de las disciplinas proyectuales.

El problema: En África, más del 40% de las personas están infectadas de VIH/SIDA.  Sintéticamente, esto se debe a tres causas: 1) el estigma social y la desinformación evita  que la población se realice la prueba del VIH; 2) Como consecuencia  la mayoría de las personas son diagnosticadas tardíamente y 3) De los diagnosticados, solo el 10% de las personas infectadas recibe las drogas antirretrovirales y de este porcentaje se espera que cerca del 40% abandone el tratamiento luego del segundo año.

A este panorama se le suma un dato externo, aparentemente inconexo: una revisión sobre el estado  de las tecnologías en Sudáfrica relevó que cerca del 90% de la población tenía acceso a celulares. Y para la época de inicio de este proyecto, en el año 2006, 35.000.000 de mensajes de texto se enviaban cada día en Suráfrica; 7.000.000 de estos mensajes de texto eran solo tres letras: PCM, Please Call Me. La Fundación Praekelt visualizó la oportunidad de llenar los 157 caracteres vacíos con información de contacto de centros asistenciales.

En octubre del 2008, utilizando la idea de esta Fundación, el contenido del mensaje de iTeach, y la capacidad de red de MTN South Africa, se lanza la prueba de campo más grande del mundo en utilizar tecnologías móviles como medio promotor de salud. Aproximadamente 1.000.000 de mensajes fueron enviado ese día y continúan enviándose diariamente, alcanzando el contacto con casi la totalidad la población e incrementando en cerca de 300% las llamadas a centros asistenciales

Una segunda fase del Proyecto Masiluleke, en la que el equipo de Frog Design se involucra, se propone desarrollar un kit casero para realizar la prueba del HIV. La estrategia, que funcionaría semejante a una prueba de embarazo, presenta algunas controversias en relación a la falta de orientación que puede ocasionar el autodiagnóstico, pero evaluados costos y beneficios se decidió aplicarla. Además del diagnóstico personal y reservado, el kit de autodiagnóstico contempla la posibilidad de apoyo telefónico durante la realización de la prueba: el interior del folleto contiene información de uso, datos educativos y números telefónicos de la red asistencial, vinculando esta iniciativa con la primera fase del proyecto. Dice Astris Ariza, una diseñadora colombiana: “El Proyecto Masiluleke, lejos de encajar en los modelos tradicionales de innovación incremental  es un claro exponente del pensamiento disruptivo que promueve Luke Williams[19]: las ideas de utilizar el espacio vacío de los mensajes PCM y transformar una tecnología de diagnostico en un kit casero que cualquier persona no capacitada pueda utilizar desde la privacidad de su hogar, son hipótesis disruptivas que transforman radicalmente las posibilidades de acción. También, el ejercicio de unir a promotores, estrategas en tecnología y diseñadores, es una forma de encontrar resultados imposibles de lograr por sí solos. Estas operaciones de diseño estratégico, aplicadas a la innovación social, descubren un nuevo perfil para el trabajo de los diseñadores”[20]

Conclusión.

Hoy no se vislumbra cercano un cambio revolucionario y repentino en el mundo.[21] Más bien parece que, tanto los que estamos convencidos desde el corazón y la conciencia de que este sistema es cruel y errado, como los que creen desde el confort y el bolsillo que es sabio y correcto pero ven sus límites materiales tendremos que buscar cambios graduales pero necesarios para sobrevivir en el planeta.

Lamento decirnos a ambos grupos que no lo tenemos que hacer por la Naturaleza. Ella seguirá adelante sin nosotros, los humanos, aunque antes de irnos extingamos miles de especies, calentemos el planeta o lo hagamos brillar de radioactividad en algunos sitios. Ya se han extinguido millones de especies a lo largo de estos últimos 4000 millones de años, y otras las han reemplazado, no hay teleología en este universo, solamente hay una fuerza increíble por seguir existiendo.

Lo tenemos que hacer por nosotros, por nuestras posibilidades de supervivencia como especie, por las cosas maravillosas que hemos creado y que merecen ser vistas por otros humanos del futuro. También debemos recordar las cosas terribles que inventamos, todo el tiempo, para no repetirlas.

J. Holloway, un pensador irlandés que vive y trabaja en México, escribió: La única manera posible de concebir la revolución es en términos de grietas en el tejido de la dominación capitalista: como el reconocimiento, la creación, expansión, multiplicación y confluencia de los espacios o momentos de negación-y-creación; espacios o momentos en los cuales las personas dicen: "¡No! ¡Ya basta! ¡Aquí no! Aquí no vamos a subordinar nuestras vidas al dominio del capital; aquí vamos a hacer sólo aquello que nosotros mismos consideramos necesario o deseable hacer!"[22]

Mirar hacia delante es indispensable hoy, en un mundo en el que la locura consumista hace que el primer mundo gaste más en cosméticos que lo que gastan los países pobres en salud. La búsqueda de equidad social es el programa más urgente de cualquier actividad; más urgente aún que la lucha contra la contaminación ambiental y el agotamiento de los recursos naturales.

Y si no estamos esperando ya en una revolución universal, pensemos para adelante en utilizar los pequeños espacios de libertad que da la actividad proyectual todo el tiempo para tomar la elección correcta. La elección menos dañina para el ambiente (y para eso hay que saber cual es, es decir, hay que ser buenos profesionales, que manejen la técnica) Saber para quien se trabaja y elegir, aunque no sea tan vistoso el resultado. Leer las necesidades concretas de nuestras poblaciones urbanas y rurales y buscar soluciones desde el diseño.

Volviendo a la metáfora inicial: tal vez el final trágico de Romeo y Julieta se podría haber evitado si ambas familias se hubieran hablado a tiempo. Tal vez estamos todavía –por segundos quizás- a tiempo de iniciar un dialogo entre una familia que piensa en la sustentabilidad solamente como una reducción de  costos y aumento de ganancias (y tiene el poder) y otra familia (en la que yo nací, por suerte) que piensa en la sustentabilidad ante todo como una obligación para los miles de millones de personas que no tienen nada y que si el mundo entra en una catástrofe ambiental sufrirán mucho más que nadie.

El poeta y ensayista español Jorge Riechmann escribió hace dos décadas: “me parece esencial subrayar que la sustentabilidad no puede entenderse en ningún caso como un principio puramente técnico, sino como un principio ético-normativo, que incluye características necesarias junto a otras que son deseables, y por tanto no puede construirse según una versión única; es un proceso más que un estado, de forma que no es obtenido de una vez y para siempre (…) une reglas de gestión ecológicamente responsable (…) con principios de equidad socio-política, participación ciudadana y pluralidad cultural”  [23]

En esa tarea de crear herramientas de sustentabilidad –una racionalidad de medios- para trabajar para un mundo más justo y posible –una racionalidad de fines- nos va la posibilidad de crear en nuestras profesiones,  y también nos va la vida.

Bibliografía citada y Fuentes:
Ariza González,  Astrid M. Catherine (2012) El Proyecto Masiluleke y la construcción social del objeto de diseño. Maestría DiCom, Buenos Aires.
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Diario La Nación, en http://www.lanacion.com.ar/1522342-chunchino-el-buen-ejemplo
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Holloway, John (2012) “Acerca de la Revolución”, Editorial Capital Intelectual,  Buenos Aires
http://otromercadotextil.blogspot.com.ar/2010/11/comercio-justo-al-sur-el-desafio-de-los.html
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Maldonado, Tomás (1977) El diseño industrial reconsiderado, ed. G. Gili, Barcelona,
Maldonado, Tomás (1995) Hacia una racionalidad ecológica, Ediciones Infinito, Buenos Aires
Marcolín, Victor (2003) Las políticas de lo artificial. Ediciones Desegnio, México.
Meadows DH, Meadows DL, Randers J. (1972)  Los Límites del Crecimiento. Informe del Club de Roma sobre el Predicamento de la Humanidad. México: Fondo de Cultura Económica; 1972.
Papanek, Victor (1971). Design for the Real World: Human Ecology and Social Change, New York, Pantheon Books.  Hay traducción en español: Papanek, Victor (1977) Diseñar para el mundo real. Ecología humana y cambio social H. Blume, Madrid
Riechman, Jorge  (1995) Desarrollo sostenible: la lucha por la interpretación, capítulo del libro de Riechmann, Naredo, Bermejo y otros: De la economía a la ecología  Ediciones Trotta, Valladolid.
Rieradevall, Joan & Vinyets, Joan (2000). Ecodiseño y ecoproductos. Barcelona: Rubes.
Schumacher, E. F (1973): Small Is Beautiful: Economics as if People Mattered. Disponible en inglés en http://www.ditext.com/schumacher/small/small.html. Edición consultada: Lo pequeño es hermoso  H Blume ed, Barcelona, 1980
SHOP/CEPAL/PNUMA (1978) Ecotécnicas para los asentamientos humanos en el trópico húmedo de México
World Comision on Environment and Development. (1987) Our Common Future. Oxford, New York: Oxford University Press




[1] Es interesante aclarar que  a la mirada del primer mundo de “Los límites del crecimiento” se contrapuso otro informe generado en Latinoamérica, “Catástrofe o nueva sociedad”, de fines de la década del 70,  en el cual se presenta el “Modelo de Bariloche”, una alternativa optimista a lo expuesto en el informe del Club de Roma, basada en la idea de establecer el verdadero nivel de las necesidades humanas, en vez de basarlo, como hacía el Club de Roma, en una proyección lineal del crecimiento desarrollista de la época.
[2] En este informe,  elaborado para la ONU por una comisión encabezada por Gro Harlem Brundtland, entonces primera ministra de Noruega, se utilizó por primera vez el término desarrollo sustentable, definido como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones.
[3] Según el propio Banco Mundial, el país con mayor consumo per cápita de energía, Islandia, consume 498 veces más que el país con menor consumo energético per capita del planeta, el Congo. La diferencia con EEUU – que es importante ya que globalmente, no per cápita, es el mayor consumidor de energía con el 25 % del total- es “sólo” de 126 veces. Fuente: http://wdi.worldbank.org/table/5.11#
[4] Esta hipótesis la desarrolló el argentino Raúl Prebisch en la década del `60 y luego fue reelaborada por numerosos economistas, desde distintos puntos de vista, para intentar explicar un fenómeno que se siguió dando durante todo el siglo XX
[5] PNUMA son la siglas en castellano del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente
[6] SHOP/CEPAL/PNUMA, Ecotécnicas para los asentamientos humanos en el trópico húmedo de México, marzo de 1978.
[7] http://www.nikebiz.com/Default.aspx
[8] Marcolín, Victor (2003) Las políticas de lo artificial. Ediciones Desegnio, México.
[9] El pensamiento de la Escuela de Ulm está explicitado en una publicación que hizo la escuela, denominada simplemente “ulm” que tuvo 12 números. Se puede leer en inglés o alemán en http://ulmertexte.kisd.de/ . Gran parte de las ideas ulmianas se pueden encontrar en libros posteriores de Gui Bonsiepe, brillante docente de la HfG (Bonsiepe, Gui-1985- El diseño de la periferia. México: GG, 1985) y de Tomás Maldonado, director y uno de los primeros pensadores del tema ambiental en la década del 70 (Maldonado, Tomás -1995- Hacia una racionalidad ecológica, publicado en italiano en 1990)
[10] Maldonado, Tomás (1977) El diseño industrial reconsiderado, ed. G. Gili, Barcelona,
[11] El original en inglés puede encontrarse en el sitio oficial de Ken Garland http://www.kengarland.co.uk/KG-published-writing/first-things-first/ . En castellano está en muchos sitios, por ejemplo http://blog.duopixel.com/articulos/first-things-first-1964.html
[12] Papanek, Victor (1971). Design for the Real World: Human Ecology and Social Change, New York, Pantheon Books.  Se hace difícil encontrar traducción castellana de los libros de Papanek. Hubo una traducción de 1977: Papanek, Victor Diseñar para el mundo real. Ecología humana y cambio social, H. Blume, Madrid y hay una nueva edición que sólo se consigue por internet en http://pol-len.cat/products/disenar-para-el-mundo-real
[13] Rieradevall, Joan & Vinyets, Joan (2000). Ecodiseño y ecoproductos. Barcelona: Rubes.
[14] Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/3-58062-2012-03-04.html
[15] Sam Forno, entrevista en revista “Metropolis”, posteado en el blog de Timo Rissanen, http://timorissanen.com/2009/09/14/sam-formos-zero-waste-jacket/
[16] Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1522342-chunchino-el-buen-ejemplo
[17] Cardozo, Francisco (compilador) (2009) Energías renovables para el desarrollo rural publicado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Argentina
[18] Agradezco el conocimiento de este tema a la diseñadora Astrid Ariza González. En castellano hay información en http://www.di-conexiones.com/proyecto-masiluleke-sistema-integral-de-informacion-deteccion-y-educacion-del-hiv/
[19] Luke Williams es un educador y consultor principal en estrategias de innovación. Ha trabajado internacionalmente con empresas como American Express, GE, Sony, Crocs, Virgen, Disney y Hewlett-Packard, para desarrollar nuevos productos, servicios y marcas. Williams es uno de  los socios de Frogdesign, empresa innovadora en el campo del diseño
[20] Ariza González,  Astrid M. Catherine (2012) El Proyecto Masiluleke y la construcción social del objeto de diseño Maestría DiCom, Buenos Aires
[21] Aunque en rigor de verdad tampoco lo parecía en 1989, cuando cayó el comunismo y se desvaneció el sistema mundial bipolar.
[22] Holloway, John (2012) Acerca de la Revolución, Ediciones Capital Intelectual,  Buenos Aires
[23] Riechman, Jorge  (1995) Desarrollo sostenible: la lucha por la interpretación, capítulo del libro de Riechmann, Naredo, Bermejo y otros: De la economía a la ecología,  Ediciones Trotta, Valladolid.