Título: Romance tempestuoso: el
padre y la madre del Diseño Sustentable.
Autor: Guillermo Bengoa gbengoa@mdp.edu.ar
Fecha: 18 al 21 de Noviembre
de 2014, Cuenca - Ecuador.
Evento: TERCER
ENCUENTRO NACIONAL DE DISEÑO: DISEÑAR HOY
Síntesis 500
palabras:
Romance
tempestuoso: el padre y la madre del Diseño Sustentable.
El Diseño Sustentable, al igual que
el romance entre Romeo y Julieta, nace de dos familias con propósitos
radicalmente distintos: la familia economicista-consumista se empezó a
preocupar por la sustentabilidad – y dentro de ella, por el diseño sustentable-
cuando se dio cuenta de que vivimos en un mundo cerrado en cuestión de materia,
que no podíamos seguir consumiendo materia y energía al ritmo actual y que
además, ser “ecológico” ahorra plata y queda bien. La otra familia,
humanista-ecologista, viene proclamando que el actual sistema de producción y
consumo es injusto, excluye a ¾ partes de la población del planeta, consume los
recursos de la generaciones futuras y deja al mundo más feo y triste.
Se generan entonces una serie de
preguntas: ¿Será posible un romance entre ambas familias, que se logre a través
del diseño sustentable? ¿Podremos evita la tragedia con que termina Shakespeare
si hablamos a tiempo entre ambas tradiciones? ¿Cómo se puede pensar desde las
disciplinas proyectuales en un diseño distinto? ¿Cómo se mantiene una visión
ética de la sociedad si estamos enseñando y aprendiendo a diseñar objetos que
consumen ingentes recursos naturales y energía y son para una elite?
Para responder algunas de esas
preguntas, primero revisamos los antecedentes de ambas familias (desde el Club
de Roma y el informe Brudtland por un lado a Schumacher, Papanek y la Escuela de Ulm por el
otro).
Luego el artículo intenta buscar
algunas de las pautas posibles de este tipo de diseño, describir brevemente
ciertas herramientas para lograrlo y contar experiencias de distinto tipo,
escala y rigor que permiten vislumbrar un camino: una bicicleta que reemplaza
el hierro por el bambú, una colección de ropa para bebés con algodón ecológico
y bajo normas de comercio justo, un experimento social contra el SIDA en
África, distintas soluciones para la
población rural en Argentina, el diseño de ropa con cero desperdicio y
otras visiones posibles.
Terminamos respaldándonos en el
poeta y ensayista español Jorge Riechmann, quien escribió hace dos décadas: “me parece
esencial subrayar que la sustentabilidad no puede entenderse en ningún caso
como un principio puramente técnico, sino como un principio ético-normativo,
que incluye características necesarias junto a otras que son deseables, y por
tanto no puede construirse según una versión única; es un proceso más que un
estado, de forma que no es obtenido de una vez y para siempre”
Artículo completo:
Romance
tempestuoso: el padre y la madre del Diseño Sustentable.
Hace más de cuatrocientos años,
William Shakespeare inmortalizó con “Romeo y Julieta” la trágica
historia de dos jóvenes enamorados que, a pesar de la oposición de sus
familias, enemigas mortales, deciden casarse de forma clandestina. Pero la
fuerza de esa rivalidad y la mala suerte conducen, hacia el final, a la muerte
de ambos amantes. El genial inglés le da forma de arquetipo a esta historia de
amores imposibles, que parece que se
repite desde el fondo de los tiempos.
Cuando hace más de 30 años
se empezó a trabajar en el concepto de ecodiseño, la mayoría de los
investigadores y diseñadores que comenzaron a impulsar ese concepto llegaban a
él desde una vertiente ideológica o incluso moral: la convicción de que este
modo consumista y agresivo de producir nos llevaría a la catástrofe y que se
necesitaba un cambio social y económico profundo para garantizar no sólo la supervivencia del hombre sobre la Tierra sino un mundo más
justo para todos. Era antes de 1989 y el
Muro de Berlín no había caído. La existencia de un contrapeso al sistema
capitalista alimentaba las esperanzas de que en algún hueco entre ambos
imperios se pudiera construir una opción diferente.
Por otro lado y en esa misma época, economistas tradicionales, desde
las fuentes del poder, comenzaron a realizar proyecciones matemáticas de
crecimiento de la demanda de materiales y energía y a confrontarlo con las
existencias conocidas de ambas cosas. El resultado fue un alerta temprano: si
seguimos consumiendo así, en pocos años se acaban los materiales. No había en
esta alarma connotaciones éticas, era simplemente una constatación
econométrica: algo tiene que cambiar para seguir con esta opulencia, tratemos
de optimizar los modos de producción y que no se les ocurra a los países en
vías de desarrollo intentar alcanza nuestros niveles de consumo, escribían
alarmados los expertos del Primer Mundo.
Aunque en esos momentos no lo sabíamos, al igual que Romeo y Julieta,
dos bandos tal vez imposibles de reconciliar intentaban amarse a través del
Diseño: la familia capitalista-consumista (pero no ciega) y la familia
humanista-ecologista (pero no hippie). Veamos los antecedentes de ambas
estirpes.
La familia
pecuniaria: antecedentes desde la economía.
Sin necesidad de remontarnos a
anteriores corrientes filosóficas y económicas, como los fisiócratas del siglo
XVIII, que atribuían toda posibilidad de enriquecimiento a la naturaleza, a
mediados del siglo XX comienza a crecer una vertiente que desde la economía
proclama que los recursos de la tierra no son infinitos y que nuestro método de
producción iba a agotar en poco tiempo los recursos naturales.
La cara más visible de ese fenómeno
intelectual fue la publicación en el año 1972
de “Los límites del crecimiento”, informe elaborado por el Club
de Roma, un grupo de científicos, empresarios y políticos del primer mundo, en
el que se alertaba de manera catastrófica sobre el agotamiento de los recursos
naturales si seguíamos consumiéndolos a ese ritmo. Según este informe, al día
de hoy, 2014, deberíamos haber agotado
las reservas en 12 de los 19 elementos analizados: aluminio, cobre, estaño, gas
natural, mercurio, molibdeno, oro, petróleo, plata, plomo, tungsteno y zinc.[1]
Esa parte de “los límites del crecimiento” no se cumplió.
Desgraciadamente,
en lo que hace al crecimiento de la producción y oferta de productos para
satisfacer necesidades creadas falsamente, tuvo razón el Club de Roma, y si los
límites del crecimiento no se alcanzaron según lo predijo ese informe, se debió
al uso de innovadoras tecnologías para la extracción, al descubrimiento de
nuevos yacimientos y al reemplazo de viejos materiales por otros, como el cobre
por la fibra óptica y el mercurio por sensores electrónicos en aparatos de
medición; y no a una contención en el consumo o en una tendencia a la
sobriedad.
La señal de alerta
desde la economía y el consumismo ya se había prendido. Aún para aquellas empresas auspiciantes del Club de Roma,
empezaba a ser obvio que existían límites materiales a seguir consumiendo. Pero
como no estaban dispuestos a cambiar el modelo, proponían una contención del
mismo, que debían hacer los países que aún no se habían desarrollado. Queda
definida así la familia economista-consumista: hay problemas, se acaban los
materiales, pero que se contengan otros.
El paso siguiente
lo dió el informe de las Naciones Unidas
“Nuestro futuro común”[2] que plantea
explícitamente el concepto de desarrollo sustentable. Y conforme con él,
aparecen diseñadores, escuelas y métodos de análisis que tratan de minimizar el
impacto de la creciente producción de objetos que siguen fabricando las
factorías de todo el planeta (ahora radicadas en el Sur, aunque sus productos
se vendan en el Norte). ¿Y quien dará forma entonces a la creciente cantidad de
objetos que las industrias siguen fabricando, que ahora deberán ser más
“respetuosos hacia el ambiente”? Empieza a cobrar fuerza el concepto de
Ecodiseño y poco después, el de Diseño Sustentable.
La familia
naturalista: antecedentes desde la ideología.
Desde el lado de la ideología, o más
profundo tal vez, desde una visión distinta de la sociedad, también se venía gestando
un pensamiento que cuestionaba el modelo consumista, pero no solamente porque
acabaran los materiales, sino porque veían la profunda inmoralidad de un
sistema de producción y reparto que dejaba a gran parte de la humanidad con
menos de las 2000 calorías diarias para sobrevivir corporalmente, mientras en
el vértice del consumo, cada persona de los países ricos gastaba a diario
quinientas veces esa cifra[3]. Autores como
Frederich Schumacher con su idea de “lo pequeño es hermoso” o Iván Illich con
la crítica al consumo suntuario y a la ganancia como único objetivos en temas
tales como la salud, venían dando aliento a un pensamiento alternativo al
gigantismo del sistema.
Eran momentos difíciles. En
particular, nuestros países latinoamericanos nos debatíamos entre la salida de
las cruentas dictaduras de la década del 70 y la enorme herencia de la deuda
externa que éstas dejaban, sumergidos por entonces en una caída constante de
los precios de las materias primas que un economista encumbrado[4]
había bautizado “deterioro de los términos del intercambio”: cada vez
necesitábamos más materias primas de las que producíamos para conseguir menos
productos elaborados en el primer mundo. Nada hacía pensar todavía en la
irrupción de China en el mercado mundial y en la suba de los precios de las
materias primas, ahora llamadas “comoditties” que han permitido períodos de
crecimiento económico en Chile (cobre, litio), Ecuador (petróleo, bananas),
Argentina, Brasil y Paraguay (soja) Bolivia (gas, zinc, plata)
¿Cómo se podía pensar desde las
disciplinas proyectuales en un diseño distinto? ¿Cómo se mantenía una visión
ética de la sociedad si estábamos enseñando y aprendiendo a diseñar objetos que
consumían ingentes recursos naturales y energía y eran para una elite? Había otro
problema adicional: una experiencia alternativa al diseño capitalista que se
había intentado en Chile entre 1970 y 1973, por un equipo entre los que estaba
Gui Bonsiepe, proveniente de la Escuela de Ulm,
había terminado violentamente aniquilada por la dictadura de Pinochet.
En la década del 80, entonces, los
que pensábamos en el ecodiseño veíamos su necesidad como una consecuencia
lógica de un término que, inventado al parecer por un funcionario del PNUMA[5],
Maurice Strong y formulado más científicamente por el economista polaco-francés
Ignacy Sachs, empezaba a crecer en la consideración de ciertas comunidades: el
ecodesarrollo: “Un estilo o modelo para
el desarrollo de cada ecosistema, que además de los aspectos económicos que
toma en cuenta el desarrollo, considera de manera particular los datos
económicos y culturales del propio ecosistema para optimizar un
aprovechamiento, evitando la degradación del medio ambiente y las acciones
depredadoras”[6]. Sin ser revolucionaria, esta definición
hacía un cierto hincapié en soluciones posibles desde cada cultura y
ecosistema, lo nos permitía albergar una
idea de que podíamos encontrar salidas apropiadas para nuestros problemas desde
nuestros países.
Empezábamos a vislumbrar que podía haber un manejo de la disciplina
proyectual que apuntara a satisfacer necesidades reales de la población,
respetando también pautas de disminuir el impacto ambiental de su fabricación,
uso y destino final. Pero no sabíamos bien en qué se diferenciaba esa idea de
la noción consumista de bajar los costos reduciendo materiales, o de fabricar
productos sólo un poco menos agresivos para el ambiente, pero con un aspecto
“ecológico”
El primer encuentro: nace una pasión.
Estaban las reglas planteadas: desde el lado de la economía, el
desarrollo sustentable, plenamente capitalista, reemplazaba en los `90 al
ecodesarrollo, que tenía aún ciertas resonancias tercermundistas. El desarrollo sustentable se
planteaba en la intersección de tres esferas: la económica, la social, la
natural. Empieza allí una corrida del adjetivo sustentable hacia todos los
sustantivos del Planeta: arquitectura sustentable, deporte sustentable,
maquillaje sustentable y, por supuesto, diseño sustentable. No fue una mera
transformación terminológica: fue la apropiación por el sistema de un reclamo
por la destrucción de la naturaleza que se venía dando desde mucho lugares
distintos.
En el campo del Diseño la evolución de los términos y conceptos fue
distinta: el término “ecodiseño”, que en principio aludía solamente a un diseño
que consumiera menos materia y energía y cuya herramienta principal era el
Análisis de Ciclo de Vida, fue siendo lentamente desplazado por el de “diseño
sustentable” que agrega, en los casos más completos, consideraciones de
sustentabilidad en los tres campos: social, económico, ecológico.
Desde el lado más extremo de la familia ecologista vieron en este
nombre simplemente lo que en inglés llamaron “green washing”, es decir, pintar
de verde los mismos objetivos consumistas de siempre. Asi como desde el lado más duro de la familia
consumista vieron el diseño sustentable simplemente como una manera de bajar
los costos de algunos insumos y sobre todo de la energía en el proceso
productivo, que es cada vez más cara.
En el medio, buscando el romance, otros plantearon que había allí un
pequeño resquicio para seguir trabajando en las disciplinas proyectuales desde
un paradigma distinto, en construcción. Las familias estaban enfrentadas, saldría
algo bueno de esto?
Empezando el siglo
XXI.
Hoy estamos exactamente en esa
encrucijada. A diferencia de unos pocos años atrás, existen una serie de
herramientas que nos permiten acercarnos al impacto ambiental que producen los
productos que diseñamos.
Lo que hace poco tiempo atrás
intentábamos estimar manualmente hoy lo
hace programas de computación como Eco-it (diseñado por un grupo holandés y con
una versión en español y gratuita que suministra el IHOBE, institución del
Gobierno Vasco), la Rueda Estratégica (aprobada por el PNUMA) el índice de
Higgs y la Tabla Nike (creados por Sustainable Apparel
Coalition, una unión de empresas de fabricación de ropa) Umberto (del
Ifeu-Institut, Alemania), Ecodesign Pilot (de origen vienés) o SIMA Pro (de Pre
consultants, holandés)
Programas que son todos
interesantes conceptualmente, basándose la mayoría de ellos en un análisis muy
detallado del ciclo de vida del producto, lo que les permite saber en qué fase
(producción de materias primas, producción del objeto, distribución, consumo,
disposición final) ocurren los mayores impactos. Pero todos esos programas tienen
también serios problemas operativos, sobre todo para nuestros países, que
suelen carecer de bases de datos fidedignas, por lo cual se hace difícil elegir
entre opciones de materialidad de las que se desconocen los impactos reales.
Otro
problema que aparece es en qué unidad se miden los impactos ambientales. La
mayoría de los programas apuestan a un índice multidimensional, creado por la
adición de indicadores específicos: por ejemplo, la tabla Nike de impacto de
los materiales[7]
se basa en cuatro índices: contaminación
química, energía (CO2 equivalente), uso de Agua/ Suelo y Residuos. A su vez
cada uno de esos índices está compuesto por una serie de indicadores (por
ejemplo, el índice de contaminación química está compuesto de cuatro
indicadores: carcinogénico, peligro agudo, peligro crónico y disruptor
endocrino o teratogénico). La mayoría hace mucho hincapié en la huella de
carbono, tal vez por ser un indicador relativamente sencillo de calcular (o
porque en un momento pareció ser un negocio importante, debido a los bonos de
carbono que iba a poner en marcha el protocolo de Kyoto y que fracasaron)
Independientemente de esos problemas, no
deja de ser un avance la posibilidad de cuantificar esos impactos, y es
imprescindible que desde el lado de la familia naturalista sepamos manejar esos
programas. Sea cual sea nuestra postura, tenemos que hacerla operativa y para
eso poder comparar impactos de distintas opciones es vital. Victor
Margolin, un brillante teórico norteamericano, escribió en el año 2002: “El
desafío de crear un mundo sustentable ha pasado del reino del idealismo al de la necesidad. La comprensión de la
sustentabilidad es un valor esencial, que provendrá de una toma de conciencia
en el campo del diseño, similar a la que muchos grupos sociales han
experimentado desde mediados de los años sesenta”[8]
Responsabilidad del
diseñador.
Como decíamos, desde distintas
vertientes del Diseño, se venía ya pensando en los problemas ambientales, si
bien no se los llamaba con ese nombre.
Uno de esos antecedentes es la
Escuela de Ulm, que vivió una corta y fecunda carrera de sólo 15 años a partir
de 1953. Fundada por Inge Scholl, Otl Aicher y Max Bill, tenía como objetivo la
formación de diseñadores en las áreas de comunicación visual, diseño
industrial, construcción, información y medios audiovisuales. Sus fundadores
veían la propuesta como un medio para reforzar las ideas democráticas y
promover la emergencia de una nueva cultura, en una Alemania destruida tras la
Segunda Guerra Mundial. Dentro de los objetivos de su programa educativo estaba
despertar una actitud consciente y reflexiva sobre las consecuencias culturales
y sociológicas del diseño, objetivo que se entronca con la mejor tradición del
diseño sustentable actual. Una de sus preocupaciones era no pensar sólo en el
mejoramiento del producto final, sino en el servicio real que se requería, una
pauta usada por el diseño sustentable.
Por otra parte, en muchas de sus
manifestaciones[9]
se ve que la HfG estaba siempre en un
inestable equilibrio entre una crítica extrema del sistema capitalista y la
inclusión de pautas racionales –un racionalismo humanista, de fines, no un
racionalismo solamente instrumental, de medios- que pudiera aportar el diseño a
la sociedad. Justamente, la respuesta que encontraron para elaborar ese
equilibrio fue la búsqueda de una extrema y amplia concepción de racionalidad.
No alcanzó, sin embargo, para evitar las contradicciones que llevaron a su
cierre, ni siquiera a pesar del éxito de la “buena forma”: “Es evidente que
la
gute form, acto de disenso según Max Bill, se hace acto de
consenso transformándose en estilo Braun. El neocapitalismo alemán ha actuado
en este caso con refinada astucia: ha cooptado la gute form. Sería
exagerado e incluso injusto afirmar que el estilo braun, llamado también
abusivamente estilo Ulm, sea un styling del neocapitalismo alemán. Pero una
cosa es indudable: pone de manifiesto los limites reales del disenso de la gute form”[10].
Un poco después, en
1964, un diseñador gráfico inglés publica, junto con otros 22 colegas, el
manifiesto First Things First[11] (algo así como “lo
primero va primero”) en donde hacen una protesta en contra del aparato
publicitario para vender cualquier tipo de producto sin criterio alguno y que “contribuyen
poco o nada a la prosperidad nacional”, y proponen centrar las prioridades
en formas de comunicación más útiles y duraderas, como “señalización para
las calles y edificios, libros y periódicos, catálogos, manuales de
instrucciones, fotografía industrial, material educativo, películas,
documentales televisivos, publicaciones científicas e industriales y todos los
otros medios a través de los cuales podemos promover nuestro oficio, nuestra
educación, nuestra cultura y nuestra conciencia del mundo”. Tuvo gran
repercusión en una situación histórica en la cual la sociedad de consumo vivía
un momento próspero, la actividad del diseñador se estaba afianzando
profesionalmente y se abrían enormes oportunidades en publicidad, identidad
corporativa, etc.
También importante, aunque
tardíamente reconocido fue Victor Papanek, un diseñador de origen austríaco que
planteó muy fuertemente la responsabilidad social del diseñador, con el
argumento de que lo que hacen los diseñadores implica cambios en el mundo real.
Hizo hincapié en que es necesario proyectar para los sectores más desposeídos,
pero siempre con una mirada ecológica, que tenga en cuenta de donde vienen y
adonde van los materiales. Una de sus frases más divulgadas y que muestra su
lúcida acidez es “Hay profesiones más dañinas que el diseño industrial, pero
sólo unas pocas. Y posiblemente sólo otra profesión es más falsa: el diseño
publicitario que persuade a la gente de comprar cosas que no necesitan, con
dinero que no tienen, con el fin de impresionar a otros a quienes no les
interesa, es probablemente el campo más falso en existencia hoy día. El diseño
industrial, al fabricar las llamativas idioteces pregonadas por los
publicistas, entra con un cercano segundo puesto.” [12]
Una historia corta pero valiosa, de
la cual hemos contado sólo algunos eslabones. Ahora bien, ¿Cómo se transforman esas
inquietudes intelectuales, esa valoración ética del diseño, esa búsqueda de las
reales necesidades de la gente, ese deseo de minimizar los impactos ambientales
que producen los productos que diseñemos en mejoramientos concretos, en
prácticas reales?
Sinceramente no lo sé. Pero tengo
algunas certezas. Una de ellas es tenemos que armar equipos. No es sólo pensar
a nivel teórico en la interdisciplina: es a nivel práctico entender los
distintos lenguajes de las profesiones. Usar lo que sabe un ingeniero sobre
layouts y organización de la producción. Usar lo que sabe un arquitecto de
impactos urbanos. Lo que sabe un licenciado en gestión ambiental de los
impactos sobre el medio natural y el funcionamiento de los ecosistemas. Sin esa
labor conjunta, seguiremos pensando en términos de mejoramiento de productos y
no de prestación de servicios y satisfacción de necesidades.
Otra certeza: Tenemos que insistir
desde nuestro lugar de trabajo en que se considere siempre el ciclo de vida del
objeto. Así como hoy día no sale al mercado ningún producto que no haya pasado
numerosas pruebas de mercado, testeo con grupos focales, estudios publicitarios
y análisis de costos, la crisis ambiental actual debería plantear que todo
nuevo producto sea estrictamente analizado con alguna de las metodologías
existentes que permiten evaluar su comportamiento ambiental. Herramientas que permiten calcular no sólo el costo de producción
directo para la empresa, sino también las externalidades que pagan aquellos que
no se benefician con su uso.
Esta
revisión sistemática de todos los productos deberá barrer, entre otros
aspectos: “selección
de materiales de bajo impacto; reducción del uso de materiales en peso o en
volumen; optimización de las técnicas de producción, de los sistemas de embalaje
y distribución, de la vida útil y del fin de vida del sistema; reducción del
impacto ambiental durante el uso del producto y desarrollo de conceptos como la
desmaterialización, el uso compartido del producto, la integración de funciones
y la optimización funcional”[13] . ¿Parece muy
pragmático? Lo es, pero es necesario. Si no tratamos de atenuar la velocidad de
este tren del consumo, el impacto que llegará tarde o temprano será más fuerte,
y como siempre, sufrirán más los más desposeídos.
Tal vez todo esto suene difícil o
lejano. Pero hay que empezar en algún momento, desde algún lado. Veamos algunos
ejemplos que, sin ser perfectos, poseen algunas de las cualidades citadas.
Caso 1: Bicicleta
de caña de bambú: materiales renovables
Las variantes tipológicas de la
bicicleta están muy acotadas, al ser un invento que casi ha llegado a lo que en
la evolución biológica se denomina “estasis”: un nivel de perfección y simpleza
que no se puede superar. Sin embargo, si no se puede trabajar con innovaciones
tipológicas, sí se puede trabajar con la materialidad para que este desarrollo
sea sustentable, teniendo en cuenta que la mayoría de las bicicletas son de
caño de hierro.
Eso es lo que comenzó a hacer
Nicolás Masuelli, un estudiante de ingeniería de Rosario, Argentina, para su tesis. Desarrolló la
bambucicleta, que reemplaza los caños de
hierro por cañas de bambú. Lo que parecía una búsqueda de originalidad se fue
perfeccionando y en el año 2008 la bambucicleta es sometida a una serie de
pruebas de esfuerzo en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI),
de las cuales sale airosa, mostrando en los test una perfomance igual que las bicicletas de hierro.
Hoy se fabrica de
manera industrializada, pero en series cortas. Dice Leonardo Pelegrin, uno de
emprendedores que la hacen: “El desafío radica en que el método de armado es
una extensa cadena de procesos que requieren un cuidado y una pericia
artesanal, presentándose numerosas dificultades para lograr una sistematización
que reduzca los tiempos y esfuerzos necesarios para poder ensamblar un cuadro. Hay
infinidad de variables que complejizan enormemente el proceso con respecto a un
cuadro metálico soldado, por lo que se hace difícil desglosar el proceso en
subtareas simples y transferibles. Lo interesante, pero que a la vez le
adiciona dificultad al desafío, es que estas tecnologías no están aun bien
desarrolladas, por lo que no tenemos muchos puntos de referencia. En el mundo,
los otros pocos que están construyendo bicicletas de bambú evidencian estar
encontrándose con los mismos problemas técnicos.”[14]
Lo que hace a la
sustentabilidad es que, a diferencia de la enorme huella ecológica del hierro
como materia prima, se le contrapone la del bambú, que ya de inicio es un
insumo renovable. Sigue diciendo Pelegrin: “lo que me convencía como
diferencial a largo plazo era la cuestión ecológica, que tiene que ver con la
altísima tasa de renovabilidad del bambú como materia prima. Es el árbol más
rápido en crecer, tarda sólo dos o tres años en estar en su punto perfecto. Y
aparte, como crecen muchos por metro cuadrado, los bosques de bambú absorben
más dióxido de carbono que otras plantaciones. También me gustó lo de la
flexibilidad. Y que no hace ruido porque no tiene metal, cosas que fuimos
descubriendo después. Creo que en el futuro no lejano, cuando se superen tabúes, estos diferenciales
se van a ponderar cada vez más.”
Caso 2: Timo
Rissanen, Sam Forno y el desperdicio cero.
En la manufactura de ropa se pierde
un porcentaje –que oscila entre el 3 y el 7 %-
en los sectores de tela que no se utilizan. Este porcentaje ha
disminuido con la aparición de programas de computación, desde hace unos años,
que optimizan el uso de la tela, teniendo en cuenta el brillo, la necesidad o
no de cortar al bies, etc. Sin embargo, en una moldería tradicional
inevitablemente en cada tizada se pierden retazos.
Timo Rissanen es un diseñador que en
EEUU viene desarrollando moldería con cero desperdicio. Experimentando con
metodologías provenientes, entre otras cosas, de la técnica japonesa de
origami, ha logrado hacer vestimenta de alta calidad con nulo desperdicio de
tela. Sam Formo, que trabaja en el mismo sentido, dice: “El patrón no-residuos (o molde sin desperdicios) se ha
desarrollado con el fin de eliminar los residuos de corte que por lo general
terminan en los vertederos. Rellenando los espacios negativos con el fin de
utilizar toda la tela diseñada y compartiendo líneas de corte, una prenda
emerge sin dejar atrás una pila de residuos”.[15]
Este ahorro de material, si se tiene
en cuenta el concepto de ciclo de vida, es también ahorro de energía que se
utiliza para producir la materia prima, e implica no solamente una especie de habilidad
casi mágica de cortar una tela sin tener desperdicios, sino un pensamiento
complejo que abarca todo el producto: “Mediante la eliminación de
residuos y
la creación de
diseños atemporales
que
disminuyen
la necesidad
de consumo,
que a su vez
ahorra
la energía
incorporada en
la tela,
disminuye
la necesidad
de transportar
los residuos hasta su eliminación en
vertederos y
en el extranjero a
los corredores de
ropa.” También hay que
incluir en esta complejidad cuestiones propias del saber del diseñador
tradicional: “Se buscan los tipos de
tejidos
aptos para
este proyecto debido
a la calidad y
la incapacidad de deshilacharse, lo que significa que los bordes de corte
no tienen que
ser terminado
(ahorrando
así la energía
extra que necesitaría una máquina para ejecutarla).
Todos y cada
parte del
patrón es
utilizado y
puesto en la
prenda
terminada, las
piezas de rompecabezas
como
entrelazadas
en la parte
frontal se
extraen a
través de los
ojales, creando el
cierre de
la
chaqueta y
también
buscando convertirse
en una
característica de diseño único”
Caso 3: Chunchino,
materias y packaging naturales, mano de obra digna.
Chunchino
es una marca de prendas para bebés que empezó en el año 2008 con el primer
embarazo de Ileana Lacabanne, su dueña. La idea inicial no estaba basada en el
ecodiseño, sino en un emprendimiento que ayudara a un mundo mejor en el futuro.
Poco a poco fue tomando pautas del diseño sustentable "Estudié
materiales y así llegué al algodón orgánico y agroecológico, a los conceptos de
ecodiseño y sustentabilidad"
Dice Ileana "Jamás había diseñado una prenda y no sabía nada de
telas, pero cuando conocí las ventajas del algodón orgánico supe que era lo
mejor para estar en contacto con la piel del bebe (en las primeras semanas es
cinco veces más delgada que la de un adulto). Tiene una calidad superior por
sobre el común, es mucho más suave, para su cultivo no se utilizan pesticidas
ni químicos, y no se contamina el agua. Además es cómodo, hipoalergénico y
regula la temperatura corporal"[16].
Además de
los materiales, otro punto importante fue el diseño en sí: "Prendas
básicas y atemporales, las más funcionales para estar con el bebe. Luego le
agregué estampados simples, lo menos invasivos posibles, y como no quería usar
cierres ni metal ni elástico, uso botones naturales de coco y amarras de tiras
del mismo algodón."
Con la idea de
construir un modelo de negocio sustentable, contactó a pequeños proveedores de
materias primas de algodón orgánico y agroecológico de Chaco reunidos en el
grupo Otro Mercado al Sur, y tercerizó el trabajo de confección con Mundo
Alameda, un taller textil que garantiza trabajo digno y salario justo. También
se pensó en el envoltorio: packaging 100% reciclable realizado por RedActivos.
La línea tiene ropa, baberos, gorros, portachupetes, mantas, portabebes y
bolsos porta enfant, que cuando se dejan de usar se vuelven colcha y morral.
Caso 4: desarrollo
rural y pequeñas tecnologías.
Cuando se piensa en
Diseño Industrial, suelen aparecer imágenes de objetos del consumo: electrodomésticos,
aparatos de comunicación, indumentaria moderna. Sin embargo, los saberes del
diseñador, la búsqueda de soluciones para problemas cotidianos que necesitan
ingenio, ergonomía, aprovechamiento de la tecnología existente (todas
condiciones del buen diseño industrial) pueden aplicarse a las dificultades de
las comunidades agrarias de nuestros países. Un ejemplo de la cantidad de
artilugios que pueden desarrollarse se muestran en el libro “Energías
renovables para el desarrollo rural” publicado por el Instituto Nacional de
Tecnología Agropecuaria (INTA) de Argentina,[17]
donde se ven pequeños biodigestores familiares, mini-plantas de biodiesel,
distintos tipos de calefactores y cocinas que optimizan el rendimiento de la
leña, aerogeneradores hogareños, cocinas
y refrigeradores solares, etc.
Cada uno de estos
artefactos demuestra pertenecer a la famosa intersección conceptual entre las
tres esferas que aseguran la sustentabilidad: la social, la económica, la
natural.
Hacen que mejore la
calidad de vida de personas que se encuentran alejadas de las redes de
infraestructura, haciendo sostenible la esfera social y ayudando a evitar que
esa población emigre a las ciudades
Hacen que se ahorre energía en
combustibles fósiles y permiten el desarrollo de industrias familiares –como
secaderos o generadores eólicos de energía eléctrica- haciendo sostenible la
esfera económica y evitando que el Estado tenga que subsidiar esa comuna.
Hacen que se contamine menos, se
depuren aguas negras, y se evite la depredación de bosques para leña haciendo
sostenible la esfera natural en su relación con la sociedad.
Incluso si se piensa solamente desde
el punto de vista individualista, del Diseñador como creador que necesita
ejercer su libertad artística – vertiente que nos viene desde algún sector de
la Bauhaus y que seguimos cultivando en los talleres de diseño- este campo de
investigación y diseño para la población rural es mucho más amplio, interesante
y divertido que las restricciones de mercado que se le imponen al diseñador que
trabaja para una gran empresa.
Caso 5: Proyecto
Masiluleke:[18]
Los proyectos de diseño que solemos
estudiar se empiezan a mostrar desde el producto terminado. Pero a veces lo más
interesante está en el proceso, y mucho más si ese proceso empezó con un
problema que parecía estar lejos de las disciplinas proyectuales.
El problema: En África, más del 40% de las personas están infectadas de VIH/SIDA. Sintéticamente, esto se debe a tres causas: 1) el estigma social y la desinformación evita que la población se realice la prueba del
VIH; 2) Como consecuencia la mayoría de
las personas son diagnosticadas tardíamente y 3) De los diagnosticados, solo el
10% de las personas infectadas recibe las drogas antirretrovirales y de este
porcentaje se espera que cerca del 40% abandone el tratamiento luego del
segundo año.
A este panorama
se le suma un dato externo, aparentemente inconexo: una revisión sobre el
estado de las tecnologías en Sudáfrica
relevó que cerca del 90% de la población tenía acceso a celulares. Y para la
época de inicio de este proyecto, en el año 2006, 35.000.000 de mensajes de
texto se enviaban cada día en Suráfrica; 7.000.000 de estos mensajes de texto
eran solo tres letras: PCM, Please Call Me. La Fundación Praekelt
visualizó la oportunidad de llenar los 157 caracteres vacíos con información de
contacto de centros asistenciales.
En octubre del
2008, utilizando la idea de esta Fundación, el contenido del mensaje de iTeach,
y la capacidad de red de MTN South Africa, se lanza la prueba de campo más
grande del mundo en utilizar tecnologías móviles como medio promotor de salud. Aproximadamente 1.000.000 de mensajes fueron enviado ese día y
continúan enviándose diariamente, alcanzando el contacto con casi la totalidad
la población e incrementando en cerca de 300% las llamadas a centros
asistenciales
Una segunda fase
del Proyecto Masiluleke, en la que el equipo de Frog Design se
involucra, se propone desarrollar un kit casero para realizar la prueba del
HIV. La estrategia, que funcionaría semejante a una prueba de embarazo,
presenta algunas controversias en relación a la falta de orientación que puede
ocasionar el autodiagnóstico, pero evaluados costos y beneficios se decidió
aplicarla. Además del diagnóstico personal y reservado, el kit de
autodiagnóstico contempla la posibilidad de apoyo telefónico durante la
realización de la prueba: el interior del folleto contiene información de uso,
datos educativos y números telefónicos de la red asistencial, vinculando esta
iniciativa con la primera fase del proyecto. Dice Astris Ariza, una diseñadora
colombiana: “El Proyecto Masiluleke, lejos de encajar en los modelos
tradicionales de innovación incremental
es un claro exponente del pensamiento disruptivo que promueve Luke
Williams[19]: las ideas de
utilizar el espacio vacío de los mensajes PCM y transformar una tecnología de
diagnostico en un kit casero que cualquier persona no capacitada pueda utilizar
desde la privacidad de su hogar, son hipótesis disruptivas que transforman
radicalmente las posibilidades de acción. También, el ejercicio de unir a
promotores, estrategas en tecnología y diseñadores, es una forma de encontrar
resultados imposibles de lograr por sí solos. Estas operaciones de diseño
estratégico, aplicadas a la innovación social, descubren un nuevo perfil para
el trabajo de los diseñadores”[20]
Conclusión.
Hoy no se vislumbra cercano un
cambio revolucionario y repentino en el mundo.[21] Más bien parece
que, tanto los que estamos convencidos desde el corazón y la conciencia de que
este sistema es cruel y errado, como los que creen desde el confort y el
bolsillo que es sabio y correcto pero ven sus límites materiales tendremos que
buscar cambios graduales pero necesarios para sobrevivir en el planeta.
Lamento decirnos a ambos grupos que
no lo tenemos que hacer por la Naturaleza. Ella seguirá adelante sin nosotros,
los humanos, aunque antes de irnos extingamos miles de especies, calentemos el planeta
o lo hagamos brillar de radioactividad en algunos sitios. Ya se han extinguido
millones de especies a lo largo de estos últimos 4000 millones de años, y otras
las han reemplazado, no hay teleología en este universo, solamente hay una
fuerza increíble por seguir existiendo.
Lo tenemos que hacer por nosotros,
por nuestras posibilidades de supervivencia como especie, por las cosas
maravillosas que hemos creado y que merecen ser vistas por otros humanos del
futuro. También debemos recordar las cosas terribles que inventamos, todo el
tiempo, para no repetirlas.
J. Holloway, un pensador irlandés
que vive y trabaja en México, escribió: “La única manera
posible de concebir la revolución es en términos de grietas en el tejido de la
dominación capitalista: como el reconocimiento, la creación, expansión,
multiplicación y confluencia de los espacios o momentos de negación-y-creación;
espacios o momentos en los cuales las personas dicen: "¡No! ¡Ya basta!
¡Aquí no! Aquí no vamos a subordinar nuestras vidas al dominio del capital;
aquí vamos a hacer sólo aquello que nosotros mismos consideramos necesario o
deseable hacer!"[22]
Mirar hacia delante es indispensable
hoy, en un mundo en el que la locura consumista hace que el primer mundo gaste
más en cosméticos que lo que gastan los países pobres en salud. La búsqueda de
equidad social es el programa más urgente de cualquier actividad; más urgente
aún que la lucha contra la contaminación ambiental y el agotamiento de los
recursos naturales.
Y si no estamos esperando ya en una revolución
universal, pensemos para adelante en utilizar los pequeños espacios de libertad
que da la actividad proyectual todo el tiempo para tomar la elección correcta.
La elección menos dañina para el ambiente (y para eso hay que saber cual es, es
decir, hay que ser buenos profesionales, que manejen la técnica) Saber para
quien se trabaja y elegir, aunque no sea tan vistoso el resultado. Leer las
necesidades concretas de nuestras poblaciones urbanas y rurales y buscar
soluciones desde el diseño.
Volviendo a la metáfora inicial: tal
vez el final trágico de Romeo y Julieta se podría haber evitado si ambas
familias se hubieran hablado a tiempo. Tal vez estamos todavía –por segundos
quizás- a tiempo de iniciar un dialogo entre una familia que piensa en la sustentabilidad
solamente como una reducción de costos y
aumento de ganancias (y tiene el poder) y otra familia (en la que yo nací, por
suerte) que piensa en la sustentabilidad ante todo como una obligación para los
miles de millones de personas que no tienen nada y que si el mundo entra en una
catástrofe ambiental sufrirán mucho más que nadie.
El poeta y ensayista español Jorge
Riechmann escribió hace dos décadas: “me parece esencial subrayar que la
sustentabilidad no puede entenderse en ningún caso como un principio puramente
técnico, sino como un principio ético-normativo, que incluye características
necesarias junto a otras que son deseables, y por tanto no puede construirse
según una versión única; es un proceso más que un estado, de forma que no es obtenido
de una vez y para siempre (…) une reglas de gestión ecológicamente responsable
(…) con principios de equidad socio-política, participación ciudadana y
pluralidad cultural” [23]
En esa tarea de crear herramientas
de sustentabilidad –una racionalidad de medios- para trabajar para un mundo más
justo y posible –una racionalidad de fines- nos va la posibilidad de crear en
nuestras profesiones, y también nos va
la vida.
Bibliografía citada y Fuentes:
Ariza González, Astrid M. Catherine (2012) El Proyecto Masiluleke
y la construcción social del objeto de diseño. Maestría DiCom, Buenos Aires.
Banco Mundial, Indicadores
de crecimiento, en:
http://wdi.worldbank.org/table/5.11#
Bonsiepe, Gui (1985) El diseño de la periferia. México:
GG, 1985
Cardozo,
Francisco (compilador) (2009) Energías renovables para el desarrollo rural,
publicado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de
Argentina
Diario La
Nación, en http://www.lanacion.com.ar/1522342-chunchino-el-buen-ejemplo
Diario Página
12, en
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/3-58062-2012-03-04.html
Herrera A., Scolnik H.,
Chichilnisky G.,Gallopín G., Hardoy J., Mosovich D, et al (1977). ¿Catástrofe o Nueva Sociedad? Modelo
Mundial Latinoamericano.
Ottawa: IDRC
Holloway, John (2012) “Acerca de
la Revolución”, Editorial Capital Intelectual, Buenos Aires
http://otromercadotextil.blogspot.com.ar/2010/11/comercio-justo-al-sur-el-desafio-de-los.html
http://www.nikebiz.com/Default.aspx
Maldonado,
Tomás (1977) El diseño industrial reconsiderado, ed. G. Gili, Barcelona,
Maldonado, Tomás (1995) Hacia una racionalidad ecológica, Ediciones
Infinito, Buenos Aires
Marcolín,
Victor (2003) Las políticas de lo artificial. Ediciones Desegnio,
México.
Meadows DH, Meadows DL,
Randers J. (1972) Los Límites del
Crecimiento. Informe del Club de Roma sobre el Predicamento de la Humanidad.
México: Fondo de Cultura
Económica; 1972.
Papanek, Victor (1971). Design for the Real World:
Human Ecology and Social Change, New York, Pantheon Books. Hay traducción en
español: Papanek, Victor (1977) Diseñar para el mundo real. Ecología humana
y cambio social H. Blume, Madrid
Riechman,
Jorge (1995) Desarrollo sostenible:
la lucha por la interpretación, capítulo del libro de Riechmann, Naredo,
Bermejo y otros: De la economía a la ecología Ediciones Trotta, Valladolid.
Rieradevall, Joan & Vinyets, Joan (2000). Ecodiseño
y ecoproductos. Barcelona: Rubes.
Schumacher, E. F (1973): Small Is
Beautiful: Economics as if People Mattered. Disponible
en inglés en http://www.ditext.com/schumacher/small/small.html. Edición
consultada: Lo pequeño es hermoso
H Blume ed, Barcelona, 1980
SHOP/CEPAL/PNUMA (1978) Ecotécnicas para los asentamientos humanos
en el trópico húmedo de México
World Comision on
Environment and Development. (1987) Our Common Future. Oxford, New York:
Oxford University Press
[1]
Es interesante aclarar que a la mirada
del primer mundo de “Los límites del crecimiento” se contrapuso otro informe
generado en Latinoamérica, “Catástrofe o nueva sociedad”, de fines de la década
del 70, en el cual se presenta el
“Modelo de Bariloche”, una alternativa optimista a lo expuesto en el informe
del Club de Roma, basada en la idea de establecer el verdadero nivel de las
necesidades humanas, en vez de basarlo, como hacía el Club de Roma, en una
proyección lineal del crecimiento desarrollista de la época.
[2] En
este informe, elaborado para la ONU por una comisión
encabezada por Gro Harlem Brundtland, entonces primera ministra de Noruega, se
utilizó por primera vez el término desarrollo sustentable, definido como aquel
que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades
de las futuras generaciones.
[3] Según
el propio Banco Mundial, el país con mayor consumo per cápita de energía,
Islandia, consume 498 veces más que el país con menor consumo energético per
capita del planeta, el Congo. La diferencia con EEUU – que es importante ya que
globalmente, no per cápita, es el mayor consumidor de energía con el 25 % del
total- es “sólo” de 126 veces. Fuente: http://wdi.worldbank.org/table/5.11#
[4] Esta
hipótesis la desarrolló el argentino Raúl Prebisch en la década del `60 y luego
fue reelaborada por numerosos economistas, desde distintos puntos de vista,
para intentar explicar un fenómeno que se siguió dando durante todo el siglo XX
[5] PNUMA
son la siglas en castellano del Programa de las Naciones Unidas para el Medio
Ambiente
[6] SHOP/CEPAL/PNUMA, Ecotécnicas para los
asentamientos humanos en el trópico húmedo de México, marzo de 1978.
[7]
http://www.nikebiz.com/Default.aspx
[8]
Marcolín, Victor (2003) Las políticas de lo artificial. Ediciones
Desegnio, México.
[9]
El pensamiento de la Escuela de Ulm está explicitado en una publicación que
hizo la escuela, denominada simplemente “ulm” que tuvo 12 números. Se puede
leer en inglés o alemán en http://ulmertexte.kisd.de/ .
Gran parte de las ideas ulmianas se pueden encontrar en libros posteriores de
Gui Bonsiepe, brillante docente de la HfG (Bonsiepe, Gui-1985- El diseño de la
periferia. México: GG, 1985) y de Tomás Maldonado,
director y uno de los primeros pensadores del tema ambiental en la década del 70 (Maldonado,
Tomás -1995- Hacia una racionalidad ecológica, publicado en italiano en
1990)
[10]
Maldonado, Tomás (1977) El diseño industrial reconsiderado, ed. G. Gili,
Barcelona,
[11] El
original en inglés puede encontrarse en el sitio oficial de Ken Garland http://www.kengarland.co.uk/KG-published-writing/first-things-first/ . En
castellano está en muchos sitios, por ejemplo http://blog.duopixel.com/articulos/first-things-first-1964.html
[12] Papanek, Victor (1971). Design for the Real World:
Human Ecology and Social Change, New York, Pantheon Books. Se hace difícil encontrar traducción
castellana de los libros de Papanek. Hubo una traducción de 1977: Papanek, Victor
Diseñar para el mundo real. Ecología humana y cambio social, H. Blume,
Madrid y hay una nueva edición que sólo se consigue por internet en
http://pol-len.cat/products/disenar-para-el-mundo-real
[14]
Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/3-58062-2012-03-04.html
[15] Sam
Forno, entrevista en revista “Metropolis”, posteado en el blog de Timo
Rissanen, http://timorissanen.com/2009/09/14/sam-formos-zero-waste-jacket/
[16]
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1522342-chunchino-el-buen-ejemplo
[17]
Cardozo, Francisco (compilador) (2009) Energías renovables para el
desarrollo rural publicado por el Instituto Nacional de Tecnología
Agropecuaria (INTA) de Argentina
[18]
Agradezco el conocimiento de este tema a la diseñadora Astrid Ariza González.
En castellano hay información en
http://www.di-conexiones.com/proyecto-masiluleke-sistema-integral-de-informacion-deteccion-y-educacion-del-hiv/
[19] Luke Williams es
un educador y consultor
principal en
estrategias de
innovación. Ha
trabajado internacionalmente
con
empresas como
American Express,
GE,
Sony,
Crocs,
Virgen,
Disney
y Hewlett-Packard,
para
desarrollar nuevos productos, servicios y marcas. Williams es uno
de los socios de
Frogdesign, empresa innovadora en el campo del diseño
[20] Ariza
González, Astrid M. Catherine (2012) El
Proyecto Masiluleke y la construcción social del objeto de diseño Maestría
DiCom, Buenos Aires
[21] Aunque
en rigor de verdad tampoco lo parecía en 1989, cuando cayó el comunismo y se
desvaneció el sistema mundial bipolar.
[22] Holloway,
John (2012) Acerca de la Revolución, Ediciones Capital Intelectual, Buenos Aires
[23]
Riechman, Jorge (1995) Desarrollo sostenible:
la lucha por la interpretación, capítulo del libro de Riechmann, Naredo,
Bermejo y otros: De la economía a la ecología, Ediciones Trotta, Valladolid.
No hay comentarios:
Publicar un comentario