Diseño Social,
buscando otras formas de definirlo
Guillermo Bengoa, junio 2017
Versión preliminar de “Diseño social, buscando otras formas de
definirlo”, publicado como capítulo del
libro Diseño Social– Ensayos sobre diseño
social en Argentina 2000-2018 M. Ledesma (comp), Prometeo Libros, Buenos
Aires, 2020
En
“Cosmópolis” un libro que tiene casi treinta años pero sigue siendo valioso, el
filósofo inglés Stephen Toulmin plantea la hipótesis de que la modernidad
empieza casi un siglo antes de lo normalmente aceptado, situándola a fines del
siglo XVI con Michel de Montaigne y no a principios del siglo XVII con
Descartes. Lo cual le permite argumentar que este segundo inicio de la
modernidad en realidad perdió algunos de los atributos centrales del primero,
entre ellos la tolerancia. Dice Toulmin que con Descartes se abandona un modo
de filosofía más práctica, centrada en tiempos cortos y casos locales, para
adoptar un estilo de pensamiento que apoya la certeza total, olvidando el caso
específico y el contexto y apostando a los principios y definiciones
universales.
¿Por qué empezar
a hablar de diseño social con esta referencia? Porque persistimos en el mecanismo
de buscar definiciones universalistas. Propuestas que sirvan para todo el mundo
y rótulos como “diseño social” tampoco nos permiten dar respuestas. Por ese camino
hemos venido perdiendo riqueza de puntos de vista y sobre todo la posibilidad de
dar soluciones.
Tanto la
normalización y la estandarización propugnada por la Revolución Industrial de la
mano del capitalismo como la rebelión planetaria impulsada por el marxismo (“Proletarios del mundo, uníos”,
escribían Marx y Engels en 1848) necesitan definiciones universales, absolutas
para ser efectivas. Sin embargo para encontrar respuestas a los problemas
actuales del mundo, esa fórmula universal ha demostrado enormes limitaciones,
por lo cual se propone intentar acercamientos diferentes, múltiples. Intentaré en
este escrito buscar distintos métodos de
definición sobre Diseño Social, en el empeño de llegar a soluciones.
De lo
general a lo particular
Una definición
sino universal, bastante amplia sería decir que diseño social es todo aquel cuyo principal
objetivo no es la rentabilidad, lo que no quiere decir que no la tenga, sino
que no va a subordinar otros aspectos, como la duración, la ergonomía o el
cuidado del ambiente a la ganancia. Se hace difícil, sin embargo, transformar
esa definición en operativa. ¿Cuánto sería el precio razonable de un producto,
más allá del cual deja de ser social? ¿Cuál sería la ganancia justa para una
empresa, que implique el costo del diseño pero no el del styling y la
publicidad? ¿Cómo establecer hasta qué punto el costo de un producto lo hace
apto para que lo use mayor cantidad de gente? ¿De qué manera se separa el
altruismo del negocio?
Pasó con
varias iniciativas de diseño: la computadora que tenía que costar 100 dólares y
funcionar a manija, propulsada por N. Negroponte a través de su proyecto OLPC
(One Laptop per Child) nació en el 2007
con amplio apoyo de varias empresas, entre ellas la poderosa Microsoft.
Pero de a poco, al ver que no podían hacer grandes negocios con esta
iniciativa, las corporaciones fueron retirando su apoyo y en el 2014 Negroponte
anunció el cierre del proyecto, que sólo permaneció con sus características
originales en pocos países. El punto de
inflexión posiblemente haya sido la negativa del proyecto a usar productos de
Windows.
Es importante
sin embargo tener en cuenta que en este caso se podría hablar de “diseño social”
con igual énfasis en las dos palabras, ya que el producto original del proyecto
OLPC realmente implicaba un diseño, tanto de hardware como de software, de uso y producción de la energía, original,
novedoso, distinto a lo planteado en las laptops tradicionales. Esto deja
afuera –aunque pueda ser interesante exclusivamente desde lo social- algunos
casos de acceso masivo a computadoras, como el caso de Argentina. Allí se
desaprovechó una enorme oportunidad (más de tres millones de computadoras
entregadas por el Estado a niños y jóvenes en edad escolar) usando máquinas
convencionales, caras, y programas de Microsoft. Este problema no fue exclusivo
de Argentina, en varios países donde se repartieron computadoras gratuitas a
los alumnos, se trabajó con máquinas tradicionales y programas comerciales.
Hablando de
software, este ítem tal vez sea el más
dinámico en la discusión sobre un posible diseño social definido sobre la base de que su objetivo no sea
exclusivamente el lucro: el software libre, simbolizado por Linux, está
librando una de las luchas más importantes que definirán si el mundo de los
próximos años es más parecido al de Bladerunner con las megacorporaciones
dominando el planeta o alguna de las utopías libertarias del siglo pasado, o
incluso del anterior, como la novela “Noticias de Ninguna Parte” de William
Morris, uno de los padres canónicos del Diseño.
El hecho de
que el propio capitalismo se esté planteando la necesidad de reformular el
objetivo exclusivamente pecuniario de algunas empresas (como las llamadas
“Empresas Tipo B”) indicaría que las restricciones al afán de lucro pueden
llegar a venir desde un lugar inesperado. No sería la primera vez que sucede:
las leyes antimonopolio creadas en EEUU a partir de fines del Siglo XIX
pusieron freno, desde el corazón del sistema, a la concentración empresarial
que en ese momento parecía inevitable.
Diseño
social y modo de producción
Otra manera posible de definir el diseño social es el modo de
producción de ese diseño. Las condiciones en las cuales trabajan los obreros:
¿Son parte de la definición de diseño social? Si el diseño de un aparato para
extraer agua en regiones desérticas de países pobres es fabricado con obreros
en semiesclavitud, ¿sigue siendo diseño social? En ese sentido, parece que a la
concepción profesionalista o meramente proyectual del Diseño Industrial habría
que ligarla con otras herramientas, por ejemplo las relacionadas con el
“comercio justo”, una práctica que intenta asegurar que a los productores de
artículos les llegue la mayor cantidad posible de dinero, evitando la
acumulación de eslabones innecesarios y explotadores en la cadena de valor.
Explorando
por ese lado, podríamos empezar a pensar un Diseño Social en el cual los
productores sean también los consumidores, apareciendo la nueva figura de
“prosumidor” que amplía considerablemente la idea de diseño participativo que
durante algunas décadas del siglo pasado iluminó la posibilidad de un diseño
alternativo, un diseño social definido así por quien lo produce para sus propias
necesidades. Elprosumidor es quien mejor conoce cuáles son sus problemas y como
optimizar los recursos.
Una visión alternativa
posible del Diseño Social basada en el modo de producción aparece con las
nuevas prácticas colaborativas o de codiseño, basadas en un alto porcentaje en
las posibilidades de Internet. En algunos campos, como el diseño biomédico, las
expectativas son prometedoras, como lo demuestra la plataforma de diseño colaborativo
Open
Biomedical Initiative, una iniciativa mundial sin fines de lucro dedicada a
la elaboración y distribución de ayuda y accesibilidad a la salud.
El criterio
de un diseño específicamente estatal pero de un estado socialista, por otro
lado, tuvo su breve punto más alto en Chile entre 1968
y 1973, por un equipo entre los que estaba Gui Bonsiepe, proveniente de la
Escuela de Ulm, experiencia que terminó violentamente aniquilada por la
dictadura de Pinochet.
Diseño Social como recuperación de antigua prácticas
sociales con nuevas formas tecnológicas.
Empecemos por
otro lado: una de las versiones posibles del diseño sustentable (que hemos
sostenido en otros artículos) dice que ese diseño sustentable vigente a
principios del siglo XXI no sería más que recuperar las prácticas de ahorro,
austeridad y eficiencia de nuestros abuelos. Siguiendo con la analogía, el
diseño social como lo plantean algunos pensadores europeos actuales podría
definirse como una variación de las prácticas comunitarias que tenía nuestra
sociedad hasta hace pocos años (y que sigue teniendo en muchas partes de Latinoamérica),
pero esta vez mediadas y fortalecidas por la tecnología. Si tomamos esta idea, sería hasta
contradictorio llamar “innovación social” solamente a recuperar las nociones de
solidaridad y los vínculos de ayuda mutua que tenían vastos sectores de la
sociedad, sobre todo de los más humildes, hasta hace pocos años.
De todos
modos, esta versión del diseño social que utiliza a la tecnología para
optimizar las relaciones comunitarias –desde compras colectivas a prácticas de alojamiento
colaborativo-es una variación interesante, posible y cercana hacia un mundo un
poco más humano. Aunque también aparece el problema de la cooptación del modelo
por el capital: así, el sistema Uber de alquiler de autos no es más que una
variación empresarial del uso compartido de vehículos (car-sharing) que había
nacido como un caso de innovación social.
A pesar de la
crítica, remarco la potencialidad de esta vertiente. Al plantearse como un
sistema alternativo dentro del sistema actual, pero no como antisistema,
permite ocupar las hendiduras que
siempre existen, de alguna manera a la manera de J. Holloway y su teoría de
“cambiar el mundo sin tomar el poder”. Al basarse más en la innovación social
que en el diseño, tal vez sea interesante en varios sentidos, disminuyendo el
ego y el protagonismo del diseñador tal como la había tenido en el siglo XX. La
disolución del diseñador como triunfo del diseño.
Definiendo caso
por caso: para quién se trabaja
Otra manera
sería definirlos por extensión, como diría un matemático: nombrar todos los
casos de diseño social. Como esto es imposible, se puede intentar hacerlo
mediante ejemplos: diseño social es, a veces, un carrito para mejorar el
trabajo de los recolectores informales de residuos, si eso va acompañado de un trabajo
con los propios recolectores para fortalecer su organización social, escuchar
sus propuestas para el carrito y mejorar sus condiciones de negociación con
intermediarios. Pero puede no serlo
si significa exprimir de mejor manera su sudor para que otros aumenten su
plusvalía. Diseño social puede ser aumentar la cantidad de veces que se puede
utilizar un producto masivo, como una afeitadora o una lapicera descartables.
Pero puede no serlo si va acompañado
de un aumento excesivo de precio, que lo transforme en un objeto de lujo.
Diseño social puede ser una zapatilla que se adapta al crecimiento del pie de
un chico africano, si es solamente un paréntesis hasta que todos los chicos del
mundo puedan tener zapatillas, pero puede no
serlo si seguimos en el mismo mundo fabricando zapatillas de alta gama que
salen cien veces lo que sale la zapatilla extensible
La historia
de otra disciplina proyectual, la arquitectura, puede dar un indicio de hasta
qué punto el adjetivo social no alcanza para definir lo que, intuitivamente,
queremos abarcar. A principios del siglo XX se escriben varios manifiestos
arquitectónicos que hablan de la arquitectura como un arte social. La
experimentación tipológica se hace visible en el
caso de la vivienda social en la exposición de vivienda en Stuttgart de 1927,
donde concurren y construyen los mejores arquitectos europeos del momento. Esta
serie de inquietudes se plasma en el segundo Congreso Internacional de
Arquitectura Moderna, los famosos CIAM, de 1929 a través del concepto de
vivienda mínima (existenzminimum). El
slogan implicaba la búsqueda de nuevos
tipologías de vivienda, empeñados en conseguir el confort máximo con parámetros
económicos mínimos.
Si bien por un lado esto dio lugar a muy valiosas
investigaciones tipológicas, de experimentación constructiva y organizacional,
luego del intervalo forzoso de la Segunda Guerra Mundial el concepto de existenzminimum
es vaciado de su contenido social, en el
sentido de construir para los sectores de menores ingresos, y las
investigaciones son utilizadas para que las grandes empresas constructoras, en
especial en EEUU, saquen la mayor renta posible del suelo. Volviendo a la idea
central de este parágrafo, un mismo diseño podría ser diseño social si es
apropiado por sectores desposeídos y no serlo si sirve para engrosar las arcas
de una corporación
Diseño
Social como posibilidad de acceso a bienes y servicios.
La anteúltima
definición que proponemos de diseño social se relaciona con la posibilidad de
que, a través de diseños cada vez más eficientes, masivos y baratos, todas las
personas tengan las mismas posibilidades de acceso a una cartera mínima de bienes y servicios.
Esta definición se solapa con la casuística de alguna de las anteriores, porque
el caso de las computadoras para los chicos de países pobres podría encuadrarse
allí. Sin embargo, en otros aspectos es más amplia: permite incluir todo lo que
es accesibilidad para capacidades diferentes, y no sólo para la demanda
solvente, sino para todos. En general todo lo que es diseño para estos casos es
muy caro: prótesis y ortesis demandan ingentes esfuerzos económicos, tanto de
los particulares como de las obras sociales. Esto se amplía a multitud de casos
que no son exclusivamente médicos, pero que lo rondan: V. Papanek en su libro más
famoso insiste a través de cientos de
ejemplos que la suma de todas las minorías que tienen algún tipo de problemas
–de locomoción, visuales, de audición, por enfermedad o simplemente por ser
demasiado chicos o demasiado grandes de tamaño, o demasiado jóvenes o demasiado
viejos- hacen una inmensa mayoría de gente que no se encuentran abarcados por
el Diseño tal cual se produce ahora y que merecen algún tipo de diseño social,
aunque Papanek lo llama Diseño a secas.
La falta de
accesibilidad en nuestro sistema también podría deberse a dificultades
económicas, y en ese sentido, el Diseño en general durante las últimas décadas
parece haber ido en un sentido contrario a un diseño social. Henry Ford, a
principios del siglo XX, buscó y logró en pocos años bajar el costo de su Ford T
de 850 a 260 dólares. Unos años después, en las décadas de 1950 y 1960 aparecen
autos económicos, pensados para que una clase media baja pudiera acceder a la
locomoción motorizada. Así nacen el Mini Cooper, el Volskwagen escarabajo, el
Citroen 2cv, el Fiat 500 (600 en Argentina) entre otros. Pero en el siglo XXI,
las versiones con el mismo nombre y aspecto físico exterior no solamente no son
innovadoras desde el diseño (por ejemplo, el Volskwagen deja su ingenioso motor
trasero enfriado a aire por un tradicional motor delantero con radiador de
agua) sino que son muy caros, destinados a una clase alta que se recrea en la
moda vintage. Los más recientes experimentos en el sentido de un auto popular,
barato, como el Tata Nano, no han dado resultados. Hoy día el papá de Mafalda
no podría acceder a un auto, tomaría, hacinado, un colectivo.
Diseño Social desde las Facultades y los
Diseñadores.
Como provengo
de la Universidad no puedo dejar de decir que estamos atrasados como
institución en el trabajo de lo que, genéricamente y en cualquiera de las
definiciones que hemos hecho, podemos llamar diseño social.
Existen en
todas las Universidades alternativas valiosas, grupos de investigación o
extensión que trabajan en esa brecha, cátedras que ponen a los alumnos a
resolver los problemas urgentes de nuestra sociedad desde el punto de vista del
diseño. Pero la corriente principal sigue siendo la de un diseño visibilista,
con notoria influencia del mercado, donde el estudio de las tendencias de moda
es mucho más frecuente que el de las necesidades de la población. Enorme tarea
tenemos en este campo, si queremos estar a la vanguardia del cambio.
El cambio es
el último punto que quiero abordar. Un cambio al sistema de consumo vendrá,
necesariamente, porque el actual modo de producción no soporta el aumento de la
demanda que el propio sistema provoca, ni aún con una optimización de las
tecnologías. Todo vaticinio es peligroso, y en este campo, el fracaso de la
hipótesis tremendista del Club de Roma de la década de 1970 sobre el
agotamiento de las reservas energéticas y minerales es una advertencia a
considerar.
Sin embargo,
la aparición de tecnologías disruptivas, el agotamiento de los recursos
naturales, el incremento de catástrofes ambientales causadas por el cambio
climático, la creciente conciencia de sectores pequeños pero influyentes de la
población sobre estos problemas son una combinación que muy probablemente
empuje estos cambios. Tampoco creo que la solución venga desde una propuesta
maximalista: si bien es atractiva desde un punto de vista
intelectual-sentimental, las opciones de un viraje absoluto a nuestro modo de
vivir, como podría ser la propuesta indigenista del “buen vivir”, la
consideración de la Tierra como Pachamama, o aún el concepto de Schumacher de
una economía budista parecen alejadas de la posibilidad de realización. ¿De dónde
vendrá el cambio entonces?
Tal vez de un
camino intermedio, que no implique la dilución del individuo en la comunidad
–experimento andino comunitarista- sino de una ampliación de las
responsabilidades individuales, de una deontología del diseño que incorpore los
intereses de la comunidad, la creación de un diseño social centrado en las
necesidades reales y no en los intereses pecuniarios. Emily Pilloton en su
libro “Revolución del diseño” plantea una especie de nuevo contrato social en
ese sentido, que ella llama “el apretón de manos del diseño”. Un compromiso
entre la actuación individual y la perfomance colectiva. De alguna manera,
retomando la discusión del primer párrafo sobre el origen de la modernidad, me
parece que Diseño Social puede definirse para los diseñadores con una versión
proyectual del imperativo categórico kantiano: Diseña de manera que te guste,
quieras y puedas usar lo que has diseñado, y no el producto estilizado, tan
caro que no podrías pagar y con la obsolescencia programada que pide el
mercado.