El cuarto rey
Miqueas se sacó la corona, la apoyó sobre la grupa del camello, se seco el sudor y miró al horizonte. No se veía más que arena. Volvió a ponerse la corona y siguió avanzando.
A partir del amanecer, la estrella que lo guiaba no se percibía, y eso le hacía dudar de su rumbo. Los planetas lo habían alertado del nacimiento del Mesías, y las palomas mensajeras le habían contado que sus amigos Melchor, Gaspar y Baltasar venían también en su búsqueda, desde distintos lados. Pero el desierto era implacable de día, así como magnifico de noche, y el luminoso camino de astros que a partir del crepúsculo marcaba su camino desaparecía tras el brillo asesino de este sol, cada mañana.
Agotado, siguió en lo que estimaba era una línea recta a través de las dunas. Casi al atardecer, en la lejanía, vió un puñado de chozas amparado por cinco escuálidas palmeras. Al acercarse, el suave rumor de agua corriendo desde una fuente invisible le hizo bendecir su suerte y el lugar. Luego de que él y su camello bebieran lento y largo el agua del manantial, buscó el pesebre más pobre –eso habían indicado los astros- y allí vió el cuadro: un hombre viejo y una mujer bellísima se inclinaban sobre un bebé flaco y largo. A izquierda y derecha, un buey y un burro completaban la simetría. Por fin, pensó, el Mesías que salvará al mundo. El hombre que nos enseñará el camino. Falta un detalle, previsto en las cartas astrales, para saber si es el verdadero Mesías. Un detalle que los otros tres Magos aún desconocían. Miró por la ventana y allí, bufando suave, estaba el unicornio, la verdadera señal.
Se acercó entonces a la cuna y, en el idioma vulgar del lugar, preguntó a la mujer:
_ ¿Cómo se llama tu hijo?
La mujer levantó el rostro, se descorrió la mantilla sucia que la protegía de las moscas y dijo:
_ no es hijo, es hija. Se llama Miriam.
El rey mago retrocedió un paso. Ningún augur había marcado el sexo del mesías, todos suponían que sería hombre. Y sin embargo el unicornio era irrefutable.
Dejó en el piso, entre la paja, los aceites aromáticos, tocó suavemente en la frente a la mujer, saludó al hombre inclinando la cabeza, se subió de nuevo al camello y partió, sin espera. Nunca más se supo de él.