sábado, 18 de diciembre de 2021

Cuento de Navidad / El cuarto rey

 

El cuarto rey

Miqueas se sacó la corona, la apoyó sobre la grupa del camello, se seco el sudor y miró al horizonte. No se veía más que arena. Volvió a ponerse la corona y siguió avanzando.

A partir del amanecer, la estrella que lo guiaba no se percibía, y eso le hacía dudar de su rumbo.  Los planetas lo habían alertado del nacimiento del Mesías, y las palomas mensajeras le habían contado que sus amigos Melchor, Gaspar y Baltasar venían también en su búsqueda, desde distintos lados. Pero el desierto era implacable de día, así como magnifico de noche, y el luminoso camino de astros que a partir del crepúsculo marcaba su camino desaparecía tras el brillo asesino de este sol, cada mañana.

Agotado, siguió en lo que estimaba era una línea recta a través de las dunas. Casi al atardecer, en la lejanía, vió un puñado de chozas amparado por cinco escuálidas palmeras.  Al acercarse, el suave rumor de agua corriendo desde una fuente invisible le hizo bendecir su suerte y el lugar. Luego de que él y su camello bebieran lento y largo el agua del manantial, buscó el pesebre más pobre –eso habían indicado los astros- y allí vió el cuadro: un hombre viejo y una mujer bellísima se inclinaban sobre un bebé flaco y largo.  A izquierda y derecha, un buey y un burro completaban la simetría. Por fin, pensó, el Mesías que salvará al mundo. El hombre que  nos enseñará el camino. Falta un detalle, previsto en las cartas astrales, para saber si es el verdadero Mesías. Un detalle que los otros tres Magos aún desconocían. Miró por la ventana y allí, bufando suave, estaba el unicornio, la verdadera señal.

Se acercó entonces a la cuna y, en el idioma vulgar del lugar, preguntó a la mujer:

_ ¿Cómo se llama tu hijo?

La mujer levantó el rostro, se descorrió la mantilla sucia que la protegía de las moscas y dijo:

_ no es hijo, es hija. Se llama Miriam.

El rey mago retrocedió un paso. Ningún augur había marcado el sexo del mesías, todos suponían que sería hombre. Y sin embargo el unicornio era irrefutable.

Dejó en el piso, entre la paja, los aceites aromáticos, tocó suavemente en la frente a la mujer, saludó al hombre inclinando la cabeza, se subió de nuevo al camello y partió, sin espera. Nunca más se supo de él.

Cuento de Navidad: Asistente

 


- ¿Era necesario tanto despliegue? ¡Si tarde o temprano se iba a saber! ¡Lo que me costó conseguir un asno más o menos sano para que resople cerca del Niño, en esta época del año!

El arcángel resoplaba mientras seguía consultando la lista que le había pasado el Jefe. Tenía la túnica mugrienta y desarreglada, y la trompeta colgaba, abollada en varios lados, de su  costado.

-“Un pesebre suficientemente grande para que entren los invitados, pero no tan grande para que parezca opulento” – leyó en voz alta.

-“Tres reyes del extremos oriente, uno de cada color de tez, montados en camellos…”  ¿Dónde consigo ahora tres camellos? ¡Me van a cobrar una fortuna!

Miró el calendario luminoso que extrajo de sus ropas, una especie de pequeña bola de fuego que decía “menos 1 día, 14 horas y 30 minutos”

-¡Menos de dos  días para completar el set! Masculló el arcángel.

Si no fuera que le inspiraba mucha ternura la madre embarazada, hubiera lanzado una maldición, pero en el fondo la tarea de mensajero que además le habían encargado, le encantaba. ¡Y la mujer era tan bella!

-Por suerte, de torcer la estrella para que marque Belén durante estos días se encarga Él, dijo el Arcángel, mientras repasaba de nuevo el rollo de pergamino con los faltantes.

Un coro de pequeños y rosados angelitos cantores practicaba un aleluya en un rincón del establo, desafinando bastante aún.

– ¡Gracias a Él que van en segundo plano! Pensó. Porque el sonido no se podría arreglar luego, era en vivo, todo.

Con su vara hizo un gesto para medir el ángulo entre la cunita, aun vacía y la ventana. Daba perfecto para que el sol de la mañana iluminara la escena.  Estaba todo listo, entonces.

Cansado, el Arcángel se sentó en una piedra, cerca de una zarza. - Espero que no empiece a arder ahora, no es momento de nuevas instrucciones, pensó.

Miró hacia el cielo, recorrió con sus ojos en un paneo el escenario vacío y pensó de nuevo que no era necesario tanto despliegue, Él era exagerado, lo importante estaba hecho hace mucho. Esa extraña y precaria especie que había creado se estaba extendiendo por todo el planeta –que también había creado Él, ese sí que estaba bien, no como otros planetas desérticos o congelados- Y lo más importante, lo que mejor le había salido, era el corazón de esa especie, algo que ni el propio Arcángel entendía del todo. Desde aquel instante del big bang que no había visto algo tan prodigioso.

En fin, por algo será el despliegue, musitó por lo bajo, mientras desplegaba sus alas y levantaba vuelo. Una pluma plateada, brillante como el sol, quedó flotando en la seca mañana de Judea.