Autor: Guillermo Bengoa
Fecha: junio 2012
Evento: columna de opinión en diario La Nación, Buenos Aires, Argentina
El problema que están sufriendo millones de
argentinos con la basura tiene muchos niveles de análisis. El más profundo (y
posiblemente el que menos queremos ver) es que esta sociedad de consumo,
plagada de envases descartables, objetos inútiles y búsqueda obsesiva de lo
material no es sostenible por mucho tiempo. Sin llegar a las utopías,
simplemente volver a un modo de vida más austero y más rico en otros aspectos
sería un buen comienzo, aprovechando al máximo las posibilidades de la
tecnología.
En un segundo nivel, un poco más arriba, se
encuentra la ausencia de planificación en nuestro país, donde todo se
improvisa, se redactan leyes que se sabe nadie cumplirá y se le hecha la culpa
sistemáticamente al gobierno anterior, aunque sea del mismo partido en los
últimos 25 años. Los problemas ambientales, por su propia esencia, tienen que
ver con los tiempos de la naturaleza, y requieren pensar a largo plazo, trazar objetivos y
metas que trasciendan las administraciones, planificar y buscar el consenso
laborioso de todos los actores sociales. Esto incluye desde los cartoneros hasta
las familias como unidades productoras de la mayoría de la basura urbana.
En un tercer nivel, la disputa política
entre circunscripciones dificulta llegar a acuerdos que, fundamentados
técnicamente por los valiosos y poco escuchados profesionales que hay en las
administraciones nacionales, provinciales y municipales, encuentren la solución al
problema de la basura. Poner a los
ciudadanos como rehenes de esa disputa electoral, o a los sectores más débiles,
como las cooperativas de recolectores, como los malos de la película es un
recurso bajo de la política local.
Y en el nivel más superficial, no sería
raro que haya personas, funcionarios venales y empresas que busquen agudizar el
conflicto para proponer una solución “mágica”, como ultramodernos y poco
testeados incineradores, que pueden
funcionar en sociedades con adecuados mecanismos de control, pero no en
Argentina donde nada, desde los ferrocarriles a las telecomunicaciones, tiene correcto
seguimiento. En los problemas
ambientales no existe la magia, las
cosas se pagan tarde o temprano, y las soluciones milagrosas ocultan que los
que pagarán, frecuentemente con su salud o con su vida, los costos de estas
soluciones son los sectores menos protegidos de la sociedad, los que no tienen
fácil acceso a los medios de comunicación, a la política, a la atención médica.
El problema no es sencillo, pero hay
respuestas posibles en todos los niveles de profundidad señalados, probados en
todo el mundo. Basta empezar.
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